Capítulo XII: Bolivia

El viaje está plagado de detalles que marcaron la diferencia. Sin embargo, a la hora de querer escribirlos, dejar latencia de que existieron, me cuestiono qué tanto sentido tiene hacerlo. Al final, sólo fueron significativos para mí. Me pasa que al intentar describirlos me doy cuenta de que son situaciones muy comunes, pero que en ese preciso momento, me deslumbraron, ¡¿cómo transmitir eso?! No puedo. Me encantaría, pero no puedo. Aún así, seguiré escribiendo/describiendo algunos de esos momentos. Me entretiene demasiado recordarlos, rememorarlos. Los vuelvo a disfrutar, a sentir, al escribir.

Bolivia. Me atrae por sobre todo su identidad. Algo que tanto en Argentina como en Chile aparece más desdibujado por la desbordada influencia del capitalismo. De San Pedro opté por un ‘transfer’ directo a Uyuni. Atravesé el Parque Nacional en unas horas que se hicieron algo eternas. Era una mercancía más que se desplazaba sobre cuatro ruedas. Así me sentí. Me subieron a una furgo hasta llegar a la frontera. De ahí lanzaron mi mochila a otro auto y a mi a hacer una fila para mostrar mi pasaporte. Y después seguí mi mochila y acabé en un 4×4 junto a cuatro desconocidos. En algún minuto de este trayecto el piloto advirtió que nos estábamos quedando sin vencina y que no alcanzaríamos a llegar a Uyuni. Paramos en un pequeño poblado, el único con vencinera. Estaba cerrada. Esperamos casi una hora. En realidad estaban reponiendo la vencina. Se había agotado. Había una larga fila de autos esperando como nosotros. Después de tanta espera nuestro querido conductor optó por irse. Hizo una llamada y a unos 15 minutos después de arrancar apareció otro auto. Nos detuvimos. Llevaba un tanque de vencina y rellenaron nuestro 4×4. Así funcionan las cosas acá. Me cagué de la risa. Mis compas iban algo enojados. A mi me recordó a México. Donde cualquier escena surrealista era más que posible, cotidiana. Enojarse no tenía ningún sentido mas que amargarse una misma, porque lo que es ellos ni se inmutan ante quejas, malas caras o exigencias. Después de esto llegué a Uyuni.

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En mi memoria guardé algunas recomendaciones de otrxs mochilerxs que me habían dicho: “ante todo pregunta si tienen agua caliente, no es tan común y marca la diferencia”. Uyuni resultó ser una ciudad heladísima. La más fría de todas cuanto pisé, incluso más que en Patagonia. Encontré un lugar con agua caliente y allí anidé. ¡¿Qué hacer en Uyuni?! Aproveché de pasear por una feria llena de postres, cachureos y ropa. Pero sin duda, el gran atractivo, es el salar. Pregunté cómo llegar para barajar todas las opciones. Todos vendían el ‘tour’ de 2 a 3 días. Me imaginé sentada, nuevamente, con cuatro desconocidxs y un conductor autista durante 3 días y decidí que mejor sería ir por tan sólo uno. Al ir a acostarme recibí mensaje de Loli (Elodie), la chica francesa con quien compartí en Iruya. ¡¡¡Estaba en Uyuni!!! Acordamos que nos encontraríamos a la mañana siguiente y lo visitaríamos juntas. Era perfecto, al menos ir con alguien conocido. Así fue como al amanecer logramos un auto que nos llevara a conocer el mítico Salar de Uyuni. Debo reconocer que, aunque impactante, el salar no fue uno de mis lugares favoritos. Quizá por lo excesivamente sobrepoblado turísticamente hablando. En fin. Regresamos ya en la noche a puro dormir.

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Próximo destino: Potosí. Llegué a un hostal bacán de cuyo nombre no consigo acordarme. Cerca de la plaza principal. Me lo había recomendado unos huéspedes de Uyuni. Trabajaban dos chicos argentinos, uno de ellos charanguista. En un par de días habría un concurso de charango en un pueblillo en mitad de la montaña. Y allí fuimos. Digo ‘fuimos’ porque, así de pequeño es el mundo, paseando por la ciudad me encontré con Enio, el chico guatemalteco que conocí en Iruya también. Y esta vez estaba acompañado por un chico y una chica españoles. Justo en un hostal a media cuadra del mío. A ella, Cristina, la había conocido en San Pedro, en una agencia de viajes donde acabó trabajando un tiempo.

Ya a estas alturas estaba completamente convencida de que éramos todxs peregrinxs por latinoamérica, al menos en el cono sur-sur. Así que TODOS, junto a los chicos argentinos del hostal, fuimos a Hincahuasi al Concurso de Charango. Tomamos un bus y llegamos a un cerro. Máximo 3 casas. Una cancha de basket. Un escenario. Grandes altavoces y pobladorxs bailando y tocando. También tomando y comiendo.éramos los únicos forasteros. Nos acogieron de forma muy cálida. Nos llevaron de ruta por los cerros sagrados; nos alimentaron y dieron conversa y, finalmente, nos invitaron a tomar y bailar. Tomaban una mezcla de alcohol con fanta y era imposible rechazarla. Fueron muy persuasivos e insistentes. Así que no quedó otra que aceptar y esperar sobrevivir a aquello. En vasitos diminutos de plástico te ofrecían este brevaje. Primero ofrendar a la ‘pacha’, después tomar uno. Ese era el ritual. Ebria en tres segundos. Tal cual. Bailamos. Tomamos. Nos echamos unas risas y, ya de noche, nos empezamos a preocupar de cómo regresar. La furgo en la que llegamos se había esfumado. La noche estaba espectacular. Completamente despejada y estrellada. Luna Negra pues. Estábamos tan prendidos que empezamos a caminar de vuelta a Potosí, a pata no más. En plena oscuridad. Después de su buen trecho nos iluminaron los faros de una furgo. Paró a nuestro lado y se ofreció a llevarnos a todxs (éramos 7 u 8 personas).

Todos acabamos en el hostal donde me hospedaba y preparamos una cena multitudinaria. Comimos de todo. Amanecí con algo de caña. Visité las minas. Cuática la historia de esta ciudad y de sus habitantes. Muy dura. Perdía mi celular con todas las fotos y vídeos del viaje. Triste. Muy triste. Un par de lágrimas y a seguir disfrutando. Soy muy despistada, sólo era cuestión de tiempo que me pasara algo así. Lo que más pena me dio de esta pérdida fueron los contactos. Jamás pude volver a conectarme con algunas personas lindas que había conocido en el camino…Fue no más. Quedé algo preocupada porque la última noticia que tuve de Loli fue que estaba enferma en Potosí.

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Después de algunos días en esta bella ciudad partí hacia Sucre. Lo hice de madrugada, después de una noche de vómitos. Había quedado con Jorge, un chico uruguayo, para tomar un tren local que aunque duplicaba en horas el recorrido del bus, nos llevaría por un paisaje hermoso. Debo reconocer que no lo disfruté mucho debido a mi indisposición. Fui arrugada y cruzando los dedos para no vomitarme encima pues no había baño y apenas tenía paradas.

Llegué a Sucre y me tiré en el primer hospedaje a dormir. No daba más. Tardé en recuperarme varios días. Pero era imposible con el manso mercado que tebíamos al lado. Lleno de frutas, verduras, hierbas, cocinerías…quería probarlo todo y me tenté con mil cosas. Exquisito todo. Las frutas en Bolivia son de otro planeta: por su color, aroma, forma y sabor. Toda una experiencia. Ideal para volverse frutíbora.

Al día siguiente nos cambiamos de hostal para compartir con unos amigos de Jorge. Fueron rebuena onda, pero ya se iban, esta vez en dirección a Samaipata. Un lugar que ya empezaba a resonar en mi cabecita. Fue la doña de este hostal quien me tomó de la mano y me preparó la media poción: un poco de romero, hierbabuena y ruda. Esta fue la infusión que me salvó de mi indisposición. ¡Ahó! Y todo de las yerbitas de su jardín. Sabias plantitas que te lo entregan todo. A lo que iba, estos amigos de Jorge conocían a Loli, me dijeron que estaba mejor, pero aún en Potosí. Me alivió saber de ella. También reconocer que de alguna forma existía una red de apoyo entre peregrinxs. Siempre había ‘alguien’ que se había cruzado con ese otro ‘alguien’ y si estabas en apuros ‘alguien’ te ayudaría. Este mismo día llegó Cris, la española y al día siguiente se unieron los chicos argentinos del hostal de Potosí (tomaron su día libre para venir a conocer Sucre con nosotras). Y, sin comerlo ni beberlo, apareció Loli. Iba saliendo del hostal y ella llegaba. Manso grito pegué. Qué alegría verla. La abracé. Venía con unas chicas argentinas…¿adivinan? De nuevo Lula. La otra joven era Ailén. Quienes pronto se convertirían en compas inolvidables de viaje. Pero aún no. Será en el próximo capítulo…

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Atardecer en el Mirador de Sucre.

En Sucre quedé fascinada con la increíble visita guiada a la Casa de la Moneda. Aprendí tanto, fue tan intensa, fue como estar en una obra de teatro…y qué no lo es…Con el paso de los días en esta bella ciudad me fui convenciendo de cuál sería el siguiente paso. Muchas me habían hablado de Samaipata, decían: “tienes que ir”. Y como soy tan difícil de convencer…Decretado: iría. Me embarqué en un bus durante casi 10 horas hasta este poblado. Partí con Cris. Éramos las únicas extranjeras junto a un matrimonio muy rubio y sus dos hijos (de 2 y 5 años) más rubios aún. También descendieron en Samaipata. Eran las 5 am. Todo oscuridad. Ellxs no hablaban español, pero tenían google maps. Todxs íbamos al mismo hostal, así que nos pusimos rumbo a él. Me alucinó esta familia. Recordé que ya les había visto antes, subiendo un cerro en San Pedro un mes atrás…Cargaban a los niños en dos súper mochilas. Iban felices comiendo un pedazo de zanahoria cruda. Otra forma de viajar. Qué lindo.

Qué decir de Samaipata…Siento que cambió el rumbo de mi viaje por completo. El grupo humano que coincidió allá fue precioso. Fuimos caleta. De todas partes. Pero por primera vez coincidí con muchas viajeras solitarias. Podría haberme quedado un largo tiempo allá. Los desayunos eran lo mejor. Despertar sin prisa rodeada de cerros verdes. Caminar hasta el mercadito y comprar yogurt natural y papaya. Preparar una alta ensalada de frutas. Compartirla en la cocina con quien llegue. Empezar una conversa eterna por horas mientras el sol sigue ascendiendo.

Un día salimos a conocer unas cascadas cercanas. Otro, una de las rocas talladas más antiguas del mundo. Señalar al cumbre de un cerro y decir, ¡¿quién se anima?! Y partir, en este caso con Loli, que apareció nuevamente allá, junto a un paquete de Toddy y mate. A veces la vida se muestra especialmente sencilla y clara. Las noches eran increíbles. Todxs amaban cocinar, así que armamos más de una comilona. Y casi todxs con el donde la música en sus venas. Así que no faltaron instrumentos, fuego y baile.

Memorable el día en que al despertar descubro que en la pieza hay una persona nueva. La miro desde mi camarote y me devuelve la mansa sonrisa dándome los buenos días. Es Marta. Empezamos a conversar y advertí que nuestras vidas eran tremendamente semejantes. También española, del barrio vecino en Madrid, llevaba en Chile tanto tiempo como yo. También se enamoró y también ahora se estaba separando. Volvía a España en unas semanas. A mi me quedaban aún un par de meses. Vivió en Santiago y hasta descubrimos que teníamos una amiga allá en común. Qué agradable despertar. Qué lindo compartir así. Después nos volveríamos a encontrar en Madrid.

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Marta, Lula y Ailén en la cocina de El Jaguar Azul. Samaipata. Junio 2016.

Lula y Ailén, las argentinas que venían viajando junto a Loli se convirtieron en compas de viaje pues mientras desayunábamos decidimos que juntas partiríamos a la aventura de intentar tomar un barco que nos llevara hasta la selva por el Mamoré. Esta idea nació de un mail de mi compa Paulo, quien ya lo había intentado meses atrás al pasar por esta misma zona. Sentía que aún le seguía el rastro. Aunque ya hacía un mes que no sabía nada de él, estaba más que presente en cada paso. Por primera vez viajaría acompañada después de meses.

 

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