Capítulo x: Valpo y el norte argentino

Fui a Valpo con la intención de estar un par de días para no quedarme muy pegada en Chile y seguir rumbo al norte de Argentina, pero me maravillé. Me encontré con Claudia en la entrada de Aura, el restaurant que tiene junto a Mai, su compa. Un lugar bellísimo con vistas panorámicas de la ciudad. Me invitaron a quedarme en su hogar junto a su gran familia: alrededor de 10 gatos y 8 perros de cuyos nombres no me acuerdo, pero juro que llegué a aprendérmelos. Ese par de días se convirtió en una semana. Ayudaba en la cocina de Aura durante el día, después averigué de una escuela de ashtanga que resultó estar a apenas tres cuadras del restaurant y aproveché de ir a algunas actividades cinéfilas-culturales de esta ciudad porteña tan movida. Además de estar muy a gusto en su compañía, el paso a Argentina por Los Conquistadores estaba cerrado por temporal…hasta que finalmente se abrió, compré mi boleto y me fui. Me costó, incluso llegué a imaginarme mi vida allí. aún me cuestan las despedidas, sobre todo cuando no sabes muy bien el motor que te mueve a seguir caminando. Así, con el mismo desorden con el que me muevo en mi vida, continué hasta Mendoza.

Antes de partir tomé una decisión, no quería seguir dependiendo. Mantenía correspondencia con mi ex compa vía mail. Esperaba sus correos con absoluta ansiedad y recibirlos me removía completamente. ¿Qué pasaría si no supiera nada de él? Cortar por un tiempo. Verdadero silencio. Necesitaba menos remezones, más calma. “Todo me inquieta en relación a él: saber y no saber”.Pero no más mails por ahora.

 

 

 

El camino en bus hasta Mendoza es estremecedor. Atravesar la gran cordillera, especialmente en esta época del año donde las cumbres están nevadas, es sobrecogedor. Disfruté demasiado la ruta. No sé si lo había comentado, pero en mi pasó por Santiago decidí invertir en un mp4 para ponerle música a esta segunda etapa de viaje. Demasiado silencio. Esta vez elegía moverme con ritmo. Así que fui todo el camino sabroseando con Buenavista Social Club mientras veía pasar los Andes. En Mendoza me esperaba Paula, amiga mendocina a quien tuve el placer de conocer en  mi paso por México durante la beca de estudios hace ya 6 años. Siempre tan cariñosa y atenta. Un lujazo. También me quedé más de lo ‘programado’.

A estas alturas del viaje, después de 5 meses, no sé porqué aún me empeñaba en planear mi ruta con fechas, lugares, etc. si el mismo camino ya me había demostrado una y otra vez que no servía de nada. Que todo era alterado a cada segundo, que no existía apenas control sobre qué pasaría al siguiente amanecer…Supongo que me traía cierta calma y también algo de satisfacción romper mis propias estructuras. Fue uno de los propósitos, dejar que todo fluya, no querer tener el control de todo.

De Mendoza llegué a San Juan en bus. Y de ahí retomé las buenas costumbres: hacer dedo. ‘Es más entretenido y más barato’. El destino: Valle Fértil e Hischigualasto. “Me recogió Pato, con quien apenas compartí unos minutos pues iba en otra dirección. Me dejó en un cruce. Allí llegó Néstor, un genio cordobés. Honesto y muy amable. Me acercó hasta el desvío a Marayes.” Hay que decir que él estaba más acojonado que yo, iba en su camión de regreso a casa, en Córdoba. Me invitó a su casa, con su familia, no le gustaba nada dejarme en mitad de la carretera y sola. Eran casi las cinco de la tarde, oscurecería en una hora más. Hacer dedo de noche no tenía mucho sentido. “En una camioneta destartalada un señor al que apenas le entendía al hablar me invitó a subir. El acento del interior argentino es tremendo, muy cerrado. Vivía en un pueblito: Marayes, y allí quedé. El viento estaba fuerte. Empecé a angustiarme viendo el atardecer y que no pasaba ni un mísero auto.

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“Para calmarme prendí la música. Elegí a Fito. Y me entraron ganas de llorar. Pensaba en lo rico de viajar acompañada, pues quizá no me daría miedo ir a llamar a las puertas del pueblo para pedir cobijo (plan que se afianzaba en mi cabeza según oscurecía); en lo amable de compartir las preocupaciones o simplemente abrazarse, sonreirse y bailar al ritmo de Fito.  Me comí las lágrimas, sólo faltaba que parar un conductor y yo estuviera con el moquillo colgando”. Y, al mismo tiempo, me di cuenta de cuánto me gustaba estar al lado del camino…La adicción a esa sensación adrenalínica, me refiero al ‘peligro de estar vivos’, como dice mi amigo :p

 

Entonces, mientras estos pensamientos ahogaban mi mente, llegó Alberto en su camión y frenó. Iba en dirección a Valle Fértil, ¡bacán! Tengo la mala costumbre de imaginar que todos los Albertos, sólo por el hecho de llamarse como mi padre y mi hermano, serán tan buenas personas como ellos. Error. Este hombre, que me trató cordialmente, era un machista de tomo y lomo. Se mandó de esos comentarios que dan miedo como “dejé a mi mujer porque dejó de prepararme comida” o, el que realmente me asustó, “alguna vez le pegué, pero podía controlarme”, refiriéndose en ambos casos a su ex compañera. A pesar de todo conseguí llegar a Valle Fértil ya en profunda oscuridad. Llovía fuerte. Él durmió en su camión y yo en un almacén que arrendaba camas justo frente a su estacionamiento. Al despertar busqué información sobre cómo llegar hasta el Valle de la Luna o Ischigualasto y no encontré mucho. Seguía lloviendo. Me senté en la vencinera bajo techo. Alberto desde su camión me hizo señas. Subí y compartimos unos mates. A través de la ventanilla vi un jeep que estaba cargando vencina, tenían pinta de viajerxs. Corté de inmediato la conversación con Alberto y me lancé a preguntarles. ¡Eureka! Iban en la misma dirección, hasta el mismo parque. Eran de Buenos Aires, él alemán radicado y ella argentina. Les acompañaba Morena, su perra. Logré ver el Valle de la Luna entre nubes y algunas gotas, algo insólito en esta zona y época del año. Pasé la noche en Baldecitos.

Llegué de una a Talampaya. Muros de roca rojiza de alrededor de 150 metros de altura. Se formaron hace millones de años al tiempo que emergió la Cordillera de los Andes. Entre sus muros hay un silencio…más bien quietud. Aire denso. “Lo que más me gusta de recorrer esta zona de la Tierra es que se palpa esa sensación de cuán insignificantes somos y al mismo tiempo percibir los procesos geológicos que vivió hace millones de años. Observar cómo todo se transforma.

 

 

 

‘Lo importante no es llegar, lo importante es el camino’, de nuevo Fito acompañándome. Lo bueno de esta zona de Argentina es que conseguía dormir en habitaciones privadas por un valor ínfimo, casi todos en pequeñas poblaciones. Eso me permitía comodidad, privacidad y un espacio íntimo donde practicar.

Se venía un gran día, me volvería a reencontrar con la Ruta 40, miles de kilómetros más al norte esta vez. Me habré subido a unos 10 autos como mínimo hasta llegar a Belén ya de noche. A algunos les acompañé incluso a hacer algunos trámites; otrxs me invitaron a almorzar empanadas; el mate siempre presente y paisajes soñados. Es intensa la sensación de afirmarse en el asfalto de cualquier carretera entre valles, montañas y desiertos. La lluvia me seguía los pasos y eso complicaba un poco la ruta. Salí a hacer dedo igualmente, la lluvia no me detendría. Aproveché de caminar harto. Así conocí a Jorge Avellaneda:

“Iba con su bici, cargado con compras y sin nada que le cubriera de la lluvia. Me dijo que me había visto por la ciudad de Belén y que quería acompañarme un rato. Me pareció buena idea pues ningún auto paraba y caminar (bien) acompañada es más ameno. Evangelista. Había viajado por toda ‘La Argentina’ trabajando en el circo. De ahí había aprendido a relacionarse con personas de todas partes del mundo. Fue muy grata compañía. Se despidió, por un camino de tierra le vi alejarse hacia su casa. Yo continué a pie.”

 

 

 

Un matrimonio muy peculiar me tomó y llevó ‘justo’ hasta el lugar al que quería llegar: Tafí del Valle. De camino paramos en Amaicha del Valle a almorzar. Me invitaron a unas empanadas exquisitas y a humitas. Tiempo después descubrí que al nacer mi hermano mis padres y abuelos habían pasado por esta ciudad 30 años atrás y también habían comido unas empanadas tan ricas que aún las recordaban. ¿Casualidad?

El camino con este matrimonio fue algo tenebroso: llevaban una música espantosa a todo volumen; llevaban cruces colgando por todo el auto y eran medio fachos. Hacía sólo algunos meses que Macri había tomado el poder. Por desgracia los días que pasé en Tafí fueron pasados por agua. No me deslumbró tanto como esperaba, pero la convivencia en el hostal fue bella. Cocinamos todos juntxs, compartimos harto. Agradecí conversar con otrxs viajeros, hacía tiempo que no sucedía. Mi salida de Tafí fue por casualidad. Levanté la mano haciendo dedo, un auto se detuvo y me acerqué corriendo, abrí la puerta y subí pensando que me estaban esperando a mí, que habían frenado al verme. Pero no, resultó que estaban esperando a otra chica que venía justo detrás de mí. Chistoso. Aun así accedieron a llevarme a regañadientes, total, ya estaba sentada. ¡Qué morro tengo! Fue un trayecto muy agradable, acabamos conversando de mil cosas, eran profesores y sabían mucho. Nos despedimos con un gran abrazo. Me dejaron en un cruce, justo frente al Museo Pachamama, pasé. En el museo conocía a una pareja que viajaba con su hijo Lisandro de un año. A la salida de la visita les pregunté y me hicieron un espacio junto a la sillita de viaje del pequeño. Iban a visitar las ruinas de Quilmes y después a Cafayate, era perfecto.

Cafayate me regaló momentos muy mágicos: uno, mientras buscaba algo que llevarme al buche. Encontré en una esquina cerca del hostal a una pareja vendiendo tortillas a las brasas. Una masa de pan redonda qué podía rellenarse con queso. También sobre la misma parrilla una tetera gigante con té. Me acerqué, conversamos y me invitaron a un tecito. La tortilla deliciosa. Otro, gracias a un vendedor de una agencia turística que se paseaba todos los días por el hostal buscando posibles clientes. Nos caímos bien y me invitó a conocer a una familia amiga, de los pocos pobladores nómades que se asentaron hace años en las montañas y conservan las construcciones y costumbres tradicionales. Él cantaba, ¡qué voz! 

Al día siguiente no tuve ni que hacer dedo. Salí del hostal y eché a caminar. Un auto se detuvo a mi lado. Bajaron la ventanilla y me saludaron. Eran Guille, Elena y Lisandro. La misma familia que hacía algunos días me había llevado hasta Cafayate. Me ofrecieron acompañarles a su paseo, iban hacia el Parque Nacional Los Cardones, ¡maravilloso! Fue muy lindo viajar con ellos, hablamos mucho. Lisandro era un bebé increíble. Tuvimos un par de sustos: uno, que el auto se apunó en varias ocasiones y pensamos que nos quedábamos tirados en la nada misma. Lo superamos. Y, después, un camino a oscuras y entre niebla con miles de curvas peligrosas y lluvia. Lo superamos también. La dosis justa de acción y adrenalina.

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Con Elena en Parque Nacional Los Cardones

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Camino a Salta.

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En Salta me reencontré con unos chicos que había conocido en Cafayate, salimos a conocer la noche salteña. Seguí hacia el norte y llegué a un pueblo llamado La Caldera. Los días nublados permanecían. También a ratos la lluvia. Era un lugar muy verde. Unxs mochilerxs me alertaron que no habían tenido mucha suerte en hacer dedo por esa ruta y se devolvían a Salta para buscar otra opción. Yo, cabezota, lo intenté igualmente. Eran dos chicos y una chica. Más tarde sabría su nombre: Lula Valiente. Me encontraría con esa joven en más de una ocasión, para finalmente acabar viajando juntas por unos días. Para esa historia aún quedan un par de capítulos 😉

Pasó Luis,un camionero de este mismo pueblo. Me adelantó algunos kilómetros, pero no los suficientes. Me ofreció quedarme en su casa y acepté, era muy tarde para hacer dedo, no llevaba carpa y hacía frío. Así que almorzamos juntos, tomamos fernet, me pegué una ducha de agua caliente y hasta hicimos una clase de yoga. Aunque reconozco que en algún minuto pasé algo de susto, todo fue bien. A la mañana siguiente salí temprano a la ruta y cuando estaba a punto de renunciar paró una furgo, eran un matrimonio mendocino que andaba de vacaciones, ¡menos mal! Iba en la parte de atrás donde llevaban un colchón, más cómoda imposible. Rica la conversación. No llevaban un destino fijo, les persuadí para que me llevaran hasta Tilcara y lo logré.

Tilcara, ese lugar del que tantas veces oí hablar a Vivi. Fui en busca del Albahaca Hostel, me lo habían recomendado al menos 5 personas, bien significativo. Fue un lugar muy acogedor. Con su dueño, Pablo, y Tony, italiano residente en Tilcara, aprendí a bailar chacarera. Inolvidables días de música, sol, tierra, danza y amor. Algo tiene el norte. Mucho misticismo. Como si el clima hubiera afectado en esa conservación de las tradiciones, la identidad está más marcada. Fueron varias personas las que me hablaron de un lugar llamado Iruya. Allí fui. Tomé un bus, reconocí a otra viajera. Aposté a que sería española. Me equivoqué, era francesa (Elodie o Loli). Al llegar a Iruya, ya de noche, me acerqué a ella. Sentí que no le agradó mucho mi presencia. Aún así le pregunté si tenía dónde dormir. A mí me habían recomendado la casa de Asunta. A ella también. Así que continuamos juntas la búsqueda.

La Casa de Asunta era genial. Un gran patio. Una gran habitación con varias camas y una cocina chica. Allí estaban otras 3 chicas españolas y Enio, el primer guatemalteco que conozco en mi vida. Preparamos cena y compartimos conversa hasta tarde. Me encantan estas cenas dialogadas que se ponen intensas hablando de viajes, anécdotas, lunas y energías. Sobre todo cuando hay personas que piensan muy diferente. Creo que después de esa conversación algo me unió a Loli. Me di cuenta que compartíamos más de lo esperado en la forma de sentir y de vivir el viaje. Complicidad. Sororidad.

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A la mañana siguiente desayuné con Loli en el balcón y por primera vez apreciamos bajo la luz del sol el lugar al que habíamos llegado. Cerros de tierra de colores. Magnificente. Mate, avena y fruta. Después decidimos partir juntas hacia San Isidro. Otro pueblo al que se llega caminando entre los cerros. Agua, fruta y un paquete de galletas Toddy. Empezamos a caminar. Un trayecto lleno de confesiones. Cada una con su mochila a cuestas, con sus historias y emociones. Qué lindo cuando surge esa complicidad. Cuando te atreves a contar tu historia y te das cuenta que andamos todxs en la misma. Lo universal que es todo. Así pasamos todo el día. Caminando. En la noche Enio preparó lentejas. Cenamos en el balcón bajo un cielo estrellado y con la luna iluminándolo todo.

Ya me habían avisado que, aunque una pensara en pasar sólo un día en este lugar, al llegar, daban ganas de alargar la estadía. Así fue. Disfruté de un par de días más de caminatas junto a Elodie (a quién seguiría encontrándome en el resto del viaje, por suerte). Un día, desayunando, pasaron tres jóvenes, eran los mismos tres que me había encontrado en La Caldera, conversamos de nuestros rumbos desde entonces. Era Lula de nuevo. Después me fui. Quería llegar a San Pedro de Atacama para encontrarme con una amiga y devolverle un libro que me había prestado. También decidí que no me volvería a comprometer con encuentros ni fechas para poder estar el tiempo que quiera en el lugar deseado. Pero soy cabezota y, cuando me comprometo, lo cumplo. O eso trato.

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Cementerio en San Isidro.

Para llegar a San Pedro había que pasar por el Paso de Jama. Atravesar de nuevo la Cordi. Esta vez por uno de los pasos a mayor altura: 4.200 msnm. Loli lo había intentado semanas atrás, me contó que casi lo logra, pero el hielo sobre el asfalto hizo que el auto que les llevaba decidiera retroceder y no poner en peligro sus vidas. Me asustó pensar que quizá me pasaría lo mismo. Pero había que intentarlo. Me devolvería a Tilcara. El motivo: me había llevado las llaves de la habitación del hostal donde me había quedado. Quizá no sirviera de mucho, pero me quedaba de camino y prefería devolverla…

Para llegar al Paso de Jama debía ir hasta Purmamarca y esperar a que alguien me llevase. Con la suerte que me caracteriza en unos minutos se detuvo un camión. Me dejó en Susques (3.800 msnm). Quedaban aún algunas horas de luz. Aproveché de acercarme a varios camioneros, ninguno iba hacia Chile. Así que tome puesto en la carretera por si volvía a sonreírme la suerte. No pasaba ni un alma por ahí. Y, cunado ya empezaba a tener frío y pensaba en retirarme, aparecieron.

Un autito pasó de largo y se detuvo unos metros por delante. Corrí hacia ellxs. Un hombre y una mujer. Me preguntaron qué hacía aquí. Les expliqué que quería llegar a San Pedro. Ellxs también. Pero harían noche en un hotelito algunos kilómetros más adelante. Me dijeron que fuera con ellos, pero eso era más caro. Sabía que en Susques encontraría algo más económico. Me desearon suerte y arrancaron. Me di la vuelta y comencé a caminar hacía mi mochila que había quedado botada a un lado de la carretera. Escuché el sonido del auto de nuevo, me giro y eran ellxs dando marcha atrás. “Nos vemos aquí mismo mañana a las 8 am, ¿te parece?”, me dijeron. “¡¿En serio?!”, no podía creérmelo. Iban a retroceder para venir a buscarme mañana en la mañana. ¡¡Quién hace eso!! Con una sonrisa de oreja a oreja les agradecí millones, les juré que estaría puntual ahí. Cagada de la risa. Había vuelto a pasar. Y me llevarían hasta San Pedro. ¡¿Podía ser mejor?! Pues sí. Resultaron ser las personas más increíbles del mundo mundial. Ambos profesores. Compartimos el viaje como si nos conociéramos de siempre. Me sentí en casa. Como viajando con mis padres. Se sentía amor y cariño. Son Sandra y Eduardo. Por desgracia perdí su contacto junto a mi celular unas semanas después…

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¡Nos vemos en San Pedro! 😀

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