Año Nuevo

Hoy es 21 de junio.

Solsticio de invierno, en este hemisferio.

Año nuevo Aymara.

Machaq Mara.

Inicio de un nuevo ciclo agrícola.

Hace un año andaba en Puerto Villarroel (Bolivia) a orillas del Río Ichilo. Llegué allí junto a Lula y Ailén con la determinante idea de conseguir un barco que nos llevara hacia Trinidad. No fueron pocos los que se rieron de nosotras al comentarles tal propósito. Pero ahí estábamos. Esperamos durante varios días. El barco nunca salió. Pero sin duda fueron días inolvidables. Allí conocimos a Feli y Sa. Y de la nada, armamos familia.

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La familia a orillas del río en el que fue nuestro hogar por varias noches.

Transcribo parte del diario de viaje de este mismo día hace un año.

21/06/2016

Luna llena de año nuevo entre buenas personas y en el barco del ‘Capitán’. Vino. Acordes del ukelele flotando. La armónica acompañando. Risas de lindas mujeres disfrutando de su libertad. El viento o el llamado ‘sur’ meciéndonos. Una hamaca paraguaya. Nuestras siluetas forjadas bajo el rayo de luna que como espía se cuela entre las nubes. Suma infinita de instantes mágicos. Imposible retenerlos todos. Hay que dejarlos ir al mismo ritmo que el Ichilo bajo nuestros cuerpos.

Desayunos colectivos frente al río. Un buenos días a las 7 am de algún vecinx (des)conocido. Lxs niñxs curiosxs  trayendo un termo de agua caliente para un rico cafecito. Pintar unos tulipanes con Mufa. Salir a pasear, que te regalen mazorca. Fruto desconocido. Buscar la sombra de un árbol como refugio ante el sol abrasador y las picaduras de mosquitos. Verla golpear la mazorca salvajemente contra las rocas hasta lograr abrirla. Probar esas semillas viscosas, chuparlas y dejarse sorprender por un sabor nuevo.

De noche amasando chapati para preparar pizzetas. Dormir mirando la luna.  Despertar con el sol sobre la cara. Tomar once con la familia de Natalia y Tiku. Descubrir el masaco (plátano frito con queso molido). Dormir en el barco de El Capi.

Me siento una observadora. Me salí de mí y ellas siguen cantando, riendo, bailando y componiendo. La espera del barco pasó a un segundo plano. Hoy tampoco partiremos y a nadie le importa.

Recuerdo que el primer día paseando por el puerto nos cruzamos con un cabro con una pelota en la mano. Sin conocernos sonrió y dijo: “¿Jugamos a la pelota?”. Jamás hay que rechazar una propuesta así. Eso aprendí. Es la forma más linda de relacionarse, con el juego.

Recuerdo el baño en el río. Fuimos a lavar ropa. Llegamos hasta un bote amarrado y nos sentamos a lavar. También a bañarnos. Me empeloté y me tiré. La sensación de desnudez en la naturaleza es genial. También el hecho mismo de ‘bañarse’ o lanzarse al agua. Limpia. Arrasa. Libera. La orilla era pura arcilla. Los pies se hundían. Qué sensación sentir el barro deslizándose entre los dedos. Medio tibia, resbaladiza y suave.

La última noche en el barco, después del partidito, fue soñada. Llegar al barco del Capi como si fuera nuestra casa. Encender las luces de la cubierta, pasar a la cocina, sentarnos entorno a la mesa a conversar. Fuera el sonido de la selva.  Luna llena. Grillos y chicharras. El río en calma. Una lancha pasando. La oscuridad de la noche. Sus risas. Familia en tan poco tiempo. Una duchándose; otras conversando. Preparar sopita. Comprar fernet y coca cola. Cenar. Cagarnos de la risa. El oleaje del barco causado por una lancha noctámbula. Subir a la cubierta. Brindis. Hamaca. El salpicar de una chupa espiando nuestra intimidad.  Intimidad de mujeres. A flor de piel. Otro brindis. Confesiones. Las horas pasan. Resuene el ukelele sumado al eco de nuestras risas. crece la complicidad. Así fue nuestro año nuevo. Soñado. No podría haber imaginado un lugar ni una compañía mejor.

Agradecida.

 

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