Desvelos de luna llena

IMG_6915Hace tres años la luna no era más que un ente brillante que a veces aparecía ante mí. Alguna noche la miraba desde el balcón de mi casa y me quedaba sorprendida mirándola. En los paseos nocturnos por el parque mientras paseaba a mi perro. En las vacaciones de verano en la playa. Hay que admitir que tiene cierto poder de absorción.

Cuando llegué a Chile cobró mayor presencia. Amigas de mi nuevo entorno hacían recaer en ella ciertas virtudes y características. Sobre todo relacionadas con la mujer, con los ciclos menstruales. También estados de ánimo. Y ya, el último año, llegó su total protagonismo. Entré a trabajar en una escuela de yoga gracias a una de estas amigas. Porque desde que llegué todo conspiró para que terminara ahí, en ese micro-mundo caótico y esotérico lleno de amor, trabajo, ternura y muy buena gente.

El caso es que en la escuela me explicaron que los días de luna llena y luna nueva la mayor parte de las clases se suspendían. Nunca pensé que trabajaría en un lugar que se guiase por los ciclos lunares. Me encantó. Al principio ni siquiera entendía muy bien porqué. Igualmente tenía que trabajar. El mismo horario. Las mismas tareas, pero el día era mucho más silencioso. Menos personas. Había tiempo para conversar más tranquila y sin interrupciones con quienes aparecieran. A veces los profes; alguien que pasaba por casualidad y terminaba sentado a mi lado conversando de la vida; algún/a practicante despistadx que olvidaba que ese día no había clase… Yo los disfrutaba harto.

En principio por pega y después porque realmente empecé a sentir su efecto, reconocía los días previos a las lunas y sus estados de crecimiento y decrecimiento y cómo se acompasaban con ciertas emociones, decisiones, etc.  Es una linda excusa para mirar hacia arriba en las noches y buscarla. Disfrutar quizá de un cielo estrellado. Aunque en Santiago no siempre se puede por culpa de esa capa de contaminación que nos cubre y ahoga. La suerte ha querido que en este viaje por el SUR del SUR disfrutara de lunas y cielos estrellados inolvidables. En esta noche de luna llena. Madrugada de jueves. Desvelada por una mente hiperactiva. Recuerdo dos de ellas con especial cariño:

  • Luna nueva en el camping El Volcán (Pumalín). Por primera vez en el viaje coincidí con personas que viajaban solas. Eran Vincent, Adriá, Federico y Rebeca. Las casualidades hicieron que convergiéramos en este lugar. Compartimos caminata al volcán Chaitén y después del correspondiente mate hicimos fuego. El lugar era de ensueño. Estábamos casi solos. Estábamos conversando y alguien llamó la atención. Caminamos hasta una pista de aterrizaje de pasto verde que había cerca. Levantamos la vista y contemplamos. El cielo estaba completamente despejado. La vía láctea se percibía de forma extraordinaria. Ahí nos quedamos. En la oscuridad de la naturaleza. De lejos se escuchó el canto de un ave. Sonó fuerte. Quedó retumbando. Costó moverse de ahí. Sólo el frío hizo que nos devolviéramos a orillas del fuego. La conversa continuó por un buen rato. Fue entonces que alguien afirmó: “qué afortunadxs somos aquí, al lado del fuego, disfrutando de este cielo, mientras otrxs están acostándose pensando en ir a trabajar”. Y así era. Tremendamente afortunadxs.
  • Luna llena en Candelario Manzilla (Chile). Sin duda la estancia en este lugar inhóspito fue la experiencia más surrealista. La idea era cruzar en barcaza hasta el inicio de la Carretera Austral en Villa O’Higgins. La barca nunca llegó, al menos durante los días que allí esperamos. Pasamos cinco días entre mates, cartas, racionamiento de comida, una estufa a leña que nos mantuvo templados y felices, excursiones a carabineros en busca de conversación e información sobre el zarpe de la barcaza o visita a las hermanas de Don Ricardo, único poblador, quienes ofrecían pan  amasado y mermelada de cerezas. Allí compartí con cuatro bellas personas: Jordi, Anna, Raúl y Lolo. Creo que ninguno se olvidará de esos días de ‘gran hermano’ perdidos en el paraíso patagónico. Un completo privilegio. Finalmente decidimos volvernos por donde habíamos venido. Más de 70 km nos separaban de El Chaltén (Argentina), la mitad a pata y cargados con nuestro hogar envasado en una gran mochila. Pero justo la última noche, la luna nos visitó. Apareció entre las nubes y nosotrxs la recibimos desde una gran roca. Sentadxs. Con una cerveza en la mano.

Hoy me desvelé. En lugar de obligarme a dar vueltas en la cama decidí levantarme, recordar y escribir.

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