Capítulo VIII: Chaitén

De Coyhaique partí sin saber muy bien hasta dónde llegar. Enlacé coche tras camión y viceversa hasta llegar a Queulat, un parque con algunos senderos de una belleza indescriptible. El camino en auto de la Carretera Austral es un sueño. Para ir con la boca abierta todo el rato. Visité algunos lugares comunes. Acampé rodeada de gallinas y pollitos. Y ahí, en mitad de uno de estos senderos, me encontré con una conocida de Santiago, ¡qué pequeño es el mundo! Me alegró ver una cara conocida.

 

 

Finalmente llegué a Puerto Cisnes. Alguien me recomendó este lugar, creo que fueron los compas de las lentejas del capítulo anterior. Me dieron hasta el dato de dónde acampar y qué comer. La primera noche acabé en la casa de Jose, el dueño del camping, comiendo un rico pescado frito con harta ensalada. Delicioso. Y calentito. Desperté un día domingo. Sonó la campana de la Iglesia convocando a los creyentes con una melodía tipo Rihana. Empezaba a salir olor a pan recién horneado. Ni un alma por las calles. El lugar es alucinante. Montañas verdes con frondosos bosques y al otro lado el mar.

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Puerto Cisnes, vistas desde el mirador.

“Pensé que los domingos es el día familiar por excelencia, ¿no? Pensé en cómo sería si estuviera en Madrid. Habría despertado tarde. Quizá con el ruido de la tele porque mi padre estaría viendo el calentamiento de las carreras de motos o F1.  O quizá habría despertado por el olor a tuco preparado por mi madre, una olla gigante con salsa de tomate borboteando.”

El domingo mejoró notablemente después de hablar un rato con Jose. Me invitó a almorzar, no tenía ganas de prepararme nada. Después paseé hasta la playa de enfrente. Fuimos a una cascada y subí al mirador junto a unxs cabrxs chicxs que tenían miedo de hacerlo solxs. Decían que había animales salvajes que podrían atacarnos. Nos hicimos compañía en la subida y arriba en el mirador nos echamos unas risas. Aprovechamos de ver el atardecer desde allá. Qué lugar tan hermoso. Una de las niñas se sentó a mi lado y me tomó la muñeca, quería ver mi pulsera. Giró mi brazo mientras tocaba la pulsera. Me hacía cosquillas. Me agradó el contacto inocente de una niña. Me di cuenta que hacía mucho que nadie me tocaba. Me sorprendió su calidez.

Al bajar me esperaba un ceviche de mariscos, de lujo. Dormí calentita. Y al despertar salí

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Con Adriá y Vincent en Chaitén.

rumbo a Chaitén. Bastantes kilómetros, pero me tenía confianza. Entre coche y coche conocí a algunas personas: Ivo (chileno) y Vincent (alemán). Íbamos en la misma dirección así que continuamos el viaje juntxs. De tres en tres hacer dedo pareciera más complejo, pero casi lo logramos, al caer el sol estábamos en Villa Santa Lucía, muy cerca de Chaitén. Apostados en la carretera intuíamos que tendríamos que hacer noche allí, pero lo intentamos por un tiempo más. En esa espera apareció Adriá, un joven catalán. Acabamos montando las carpas. Tomando vino. Adriá había conversado con un caballero que por trabajo debía ir al amanecer hasta Chaitén, así que nos compartió el dato y dormimos más tranquilos sabiendo que teníamos resuelta la movilidad al despertar. Esa noche llovió. Me sorprendió la historia de este chico. Por su edad  (21); por el tiempo que llevaba viajando (casi 2 años) y por el proyecto con el que daba sus pasos por el mundo (proyecto educativo). Me entró risa nerviosa de ver lo adulto que parecía y es que efectivamente viajar y conocer mundo, mochileando, te cambia la vida. Y en él se notaba eso. La suma de mil experiencias y aprendizajes. También confianza y determinación.

Partimos juntxs hasta Chaitén con estos caballeros. Carretera mojada, lluvia y el conductor y copiloto medio ebrios conduciendo. Reconozco que algo de miedo pasé. Pero llegamos sanos y a salvo. Vincent y Adriá corrieron para intentar tomar un ferry hasta Chiloé. No lo lograron y se quedaron conmigo en un camping. Preparamos comida rica, descansamos, compartimos con el resto de huéspedes y decidimos partir al día siguiente a conocer el volcán que da nombre a esta ciudad y que hace años se activó arrasando con gran parte de la ciudad. Aún quedaba parte de la ciudad abandonada y llena de ceniza. Tétrico, triste, desolador, gris.

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Laderas del Chaitén. Cementerio de árboles.

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Vistas desde el lugar más alto del sendero al volcán Chaitén.

El ascenso del sendero fue intenso. Era un día de sol y la subida era empinadísima. Desde arriba se podía apreciar el gran cementerio de árboles que dejó la erupción. Todo el sendero estaba lleno de magma solidificado. Obsidiana. Por suerte nosotrxs habíamos dejado nuestras mochilas y carpas en uno de los camping habilitados del Parque Nacional Pumalín, un lugar verde y paradisíaco. De vuelta al camping aprovechamos de remojarnos en el río. Ya en el camping preparamos mate con galletitas y conversamos un buen rato sobre amores y tatuajes. Me sentí terriblemente bien acompañada con Vincent y Adriá. Para aprovechar los últimos rayos de sol fuimos a lo que intuimos era una pista de aterrizaje de puro pasto verde. Éramos los únicos en el camping junto con una chica inglesa y Francisco, a quien conocimos en el pueblo. Hicimos algunos estiramientos de yoga y decidimos armar fuego para disfrutar de la noche. “Era luna nueva y el cielo nos regaló una noche despejada y llena de estrellas. Deslumbrante. Deseé poder seguir disfrutando de noches de fuego y estrellas allá donde vaya. Fugaces o no, las estrellas tienen la magia de hacernos desear”. Ni un sonido artificial. Fuego, comida, lindas personas, conversas. Perfecto. Al día siguiente cada cual tomaría su camino.

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Camping ‘El Volcán’ en Parque Pumalín.

Adriá y Vincent regresaban a Chaitén. Francisco y la inglesa también. Yo me quedaba con la intención de disfrutar unos días más del parque y continuar rumbo norte por la carretera. Desayunamos juntxs y nos despedimos. Quería hacer la ruta hacia el Volcán Michinmahuida. Aunque era algo tarde, casi mediodía, me lancé. Volvía a estar sola después de varios días de grata compañía. Tenía ganas. Al inicio del sendero avisaban de su larga duración, unas 9 horas. No sé cuánto me demoré, pero regresé al atardecer. No encontré a nadie en todo el camino. Fue increíble. “Caminé durante horas por un bosque encantado. Sola. Con muchos pájaros. Telarañas. Ramas y hojas rozando todo mi cuerpo. La última hora la hice casi corriendo temiendo que oscureciera. Extasiada llegué al último monolito. Ante mí el volcán precedido de una zona desértica llena de nalcas jurásicas, ceniza, arena blanca y negra y lagartijas de todos los colores”. La luz, los sonidos, el calor, la fatiga, el hambre y un leve dolor de cabeza; la satisfacción, la naturaleza, los olores y la soledad. Al llegar de nuevo al camping me senté en el pasto a ver el volcán con un maté y galletas. Me descalcé. Qué sensación tan rica.

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Volcán Michinmahuida y yo.

Para cenar el menú era una sopa de sobre con verduras. Me quedaba todavía de las que compré en Argentina, tienen menos sal, más sabor (que las chilenas). Me recordó a sopa de casa. Estaba exquisita, ¿o tendría mucha hambre? La noche estaba fría, en cuanto desaparecía el sol y bajaban las nubes el clima se helaba. Me guardé en la carpa mientras comenzaban a caer las primeras gotas. Me gusta el sonido de la lluvia sobre la carpa. También había grillos y un ave que sonaba como castañuelas.

“Dormí súper bien. Mi celu quedó sin batería y eso hizo que durmiera hasta que mi cuerpo dijo ¡basta!. Preparé mi ‘porridge’ de avena mientras secaba la carpa. Hacía incluso calor. Feliz, feliz. Salí a la carretera y un auto paró. Eran Pato y Mane. Con ellxs pasé el día. Fuimos a unas cascadas y ahora a dormir al Lago Blanco. Bello atardecer. Noche estrellada. Frío. Mucho frío. Mañana partiré con ellxs a Hornopirén. Me invitaron a pasar unos días en su casa de Calafquén. Puede ser una buena idea. Siento que mi cuerpo está cansado. Viajan con un perro bello, se llama Igor.” 12/03/2016

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Atardecer en Lago Blanco, Parque Pumalín.

Pato y Mane. Para un auto, después de las preguntas de rigor acceden a llevarme. Subo atrás entre mantas, mochilas y un perro gigante y hermoso: Igor. Lo primero que me dice Pato es que conoce a otra española periodista en Santiago, la conoció sacando al perro. ¡¿Adivinan?! Sí, la conozco, se llama Leyre y es mi amiga. Juntxs fuimos hasta Caleta Gonzalo y tomamos la barcaza. “Humedad y mucho frío no impidieron que bajara del auto para descubrir una de las imágenes más lindas que he visto en mi vida: Un inmenso mar en calma por donde nos habríamos paso. Las nubes apenas dejaban vislumbrar parte de las montañas que nos rodeaban. En el silencio de la mañana algunas aves despertaban desplazándose como plumas flotantes a ras del agua. Un pelícano jurásico me dejó atónita. Algunos rayos de sol luchaban por surgir entre el rocío y la niebla”.

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Quería quedarme en Hornopirén para hacer algunas rutas, pero me ofrecieron acercarme hasta Cochamó y acepté. El camino es…pues es que ya no sé que palabras usar. Sólo recuerdo ir en el coche junto a Igor viendo pasar el paisaje por la ventanilla y sentir unas inmensas ganas de llorar. Y hacerlo. Sentir como mi cara se iba humedeciendo. Pura felicidad. Agradecimiento por poder estar viendo y sintiendo. Viviendo. La Carretera Austral había terminado. Lo sentí como el fin del viaje. Al menos de esta primera etapa.  Me dejaron en el camping y continuaron hacia Calafquén.  Monté mi carpa cerca de la de Kirsten, una chica alemana, la primera que conocí viajando sola en estos tres meses. Decidimos partir a la mañana siguiente en ruta hacia La Junta.

Por el sendero no paramos de conversar. Muchas experiencias a cuestas. Y, de pronto, la magia del viaje volvió a sorprenderme, venían bajando dos personas, a unos metros les reconocí: eran Anna y Jordi, a quienes conocí en Torres del Paine y compartí la estancia en Candelario. Increíble. Nos abrazamos, nos contamos un resumen de nuestras vidas en los últimos meses. Qué lindo verles. Lo más chistoso es que los tres habíamos llegado a Cochamó guiados por Lolo, el escalador murciano que nos describió este lugar. Cada uno siguió su camino, semanas más tarde nos volveríamos a ver en Santiago.

Llegamos a La Junta con la intención de buscar los famosos toboganes por donde uno podía tirarse a una piscina de agua natural. En su defecto acabamos bañándonos como vinimos al mundo en un río cercano. La belleza de los cuerpos desnudos en la naturaleza es inexplicable. Compartimos fruta mientras el viento hacía volar cientos de flores por el aire. Pétalos blancos que cubrían el agua. Era muy bello. Todo. Después encontramos los toboganes. Regresamos al campamento. Y al empezar a recoger mi carpa encontré un regalo. Era un libro sobre Patagonia. Anna me lo había dejado, ya lo habían leído, tenía una dedicatoria muy linda. Gracias.

A continuación pasó todo muy rápido: una pareja que estaba allí mismo viajaba hasta Puerto Mont. Salían en 5 minutos. Pregunté, aceptaron llevarme y recogí todo en tiempo récord. Hablé todo el viaje. Estaba extasiada. Debí dejarles locos. Pero sentía qué todo era tan mágico que no podía parar de hablar y compartir. Me dejaron en alguna parte de Puerto Varas. Esta ciudad me encanta. Por ‘x’ razones la he visitado varias veces y me hace sentir como en casa. Me sé las picadas para comer rico, dónde dormir barato y, además, es increíblemente bella.

Dormí en cama después de meses. ¡Y ducha de agua caliente!Desayuné contundente: 2 cafés, tostadas con mantequilla mermelada y otras con huevos revueltos, jugo…Delicioso.  Salí a caminar y compré los arándanos más ricos y gigantes del mundo. Dulces. Muy dulces y jugosos. Eso y la empanada de verduras de mi lugar preferido fueron lo mejor. Decidí moverme rápido hacia Calafquén y llegué en el mismo día. Allí me recogieron Pato y Mane. Los días en la casa junto al lago fueron de ensueño. Tener una cocina donde poder cocinar cositas ricas; una cama donde descansar plácidamente; ninguna presión de seguir rumbo, sólo disfrutar; unas auténticas vacaciones. El emplazamiento era insuperable. Bajar al muelle, bañarse, escribir, escuchar, andar en kayak…Lindos días que culminaron con un viaje de regreso a Santiago llegando ya de noche a casa de Made. Fin. Por ahora. Continuará…

 

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