Capítulo VII: Villa Cerro Castillo

Sentada frente al lago Buenos Aires (Los Antiguos) pienso en lo afortunada que soy. Es sábado por la mañana, la ciudad despierta muy lentamente. Algunos pescadores prueban suerte a orillas del lago. Ha salido el sol. Sopla el viento. Nada molesto. Bordeando el agua una línea de sauces moviéndose al unísono. Algunas familias paseando con sus mascotas y, por supuesto, mate.

Los Antiguos me pareció un paraíso. De camino a la frontera con Chile compré unas cerezas, no podía irme de allí sin probarlas. Fueron las mejores que he probado hasta ahora.  Acabé regalándoselas a uno de los gendarmes del lado argentino ya que no me dejarían entrarlas a Chile. En el paso fronterizo hablé con una pareja que enseguida accedió a llevarme. Eran Sergio y Karina, geólogos. Con ellos fui recorriendo la otra parte del lago que, del lado chileno, recibe el nombre de Lago General Carrera. ¡Qué belleza! Después de pasar Chile Chico comienza una carretera que bordea el lago por uno de los paisajes más increíbles. Cóndores volando a metros de nosotrxs entre curva y curva, tierra, rocas y el lago. Y aunque pude haber seguido con ellos hasta Puerto Río Tranquilo, decidí quedarme en Puerto Guadal. Más pequeño, menos turístico. Di una vuelta de reconocimiento y todo el mundo me saludaba. Me sentí como en casa. Encontré un camping de lujo: duchas de azulejo, cocina a gas, pasto y manzanos y manzanas por doquier. Ni un ruido en la noche. Cero contaminación lumínica. A última hora de la tarde llegaron unos cabros, éramos sólo los tres y un montón de gallinas. Hablamos del universo, arreglamos el mundo y nos embobamos mirando la vía láctea.

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Inquieta como soy partí al día siguiente hacia Puerto Río Tranquilo para conocer la famosa Catedral de Mármol, una formación geológica milenaria. En cualquier caso fui prisionera del tiempo, aunque era justo de lo que huía. Algo me empujaba constantemente hacia delante sin dejarme relajar del todo. Sentía que había tanto que ver y que no podría hacerlas todas. Parecía que lo que más me entretenía era mantenerme en movimiento mientras aparecían personitas y paisajes que hacían del camino algo completamente deslumbrante. Empezó a crecer una confianza ciega en que todo era posible. Y cada paso me lo confirmaba.

Llegué a Puerto Río Tranquilo junto a un hombrecillo que me fue parando en cada lugar que yo quisiese para disfrutar del paisaje. Aún me sorprende que la gente tenga esa disposición de compartir con desconocidxs y dedicarles tiempo por el simple hecho de mostrarles el lugar en el que viven. Las Catedrales de Mármol no me impresionaron tanto como la aventurilla que supuso salir de Puerto Río Tranquilo. Había muchos mochilerxs haciendo dedo e ‘intentando’ salir. Así conocí a Xime y Jhonatan. Mientras conversábamos pasaron algunos autos hasta que uno paró. Iba apenas unos kilómetros más adelante, ni siquiera hasta la mitad del recorrido que pretendía lograr: llegar hasta Villa Cerro Castillo. El resto prefirió esperar. Yo me subí sin pensarlo. El conductor y su hija me dieron el camino más entretenido. Me eché sus buenas risas con la pequeña y me dejaron en la ruta donde otrxs dos compas hacían dedo.

¡¿Les había dicho que me encantan las legumbres?! No sé si es el recuerdo del cocido madrileño en casa; el potaje del viaje a Asturias con mi hermano o que tenía mucha hambre, pero de un tiempo a esta parte se han convertido en mi plato preferido. Sólo lo menciono para que se entienda lo que supuso este momento. Esta pareja eran Diego y Pame, habían salido juntxs a viajar, compañeros de carrera y de a poco se enamoraron. Tenían hambre, estaban comiéndose las últimas galletas que les quedaban. Me convidaron. Yo había comido un pan con queso y maní, no me quedaba más. Entre risas nos pusimos a hablar de nuestras comidas preferidas y, obvio, mencioné a mis amadas lentejas. Plato que me reconforta cualquier día a cualquier hora. ‘¿En serio?’, dijeron sorprendidos. ‘Tenemos lentejas, osea tienes que cocinarlas, pero si quieres te pasamos unas pocas’. Ahí, en mitad de la carretera, dividiendo las lentejas y yo imaginando lo ricas que estarían… Se las había regalado al inicio del viaje la abuela de uno de ellxs. No podía haberme topado con dos personajillxs más optimistas. Aseguraban que conseguiríamos un auto para lxs tres. Y así fue. Pasó un jeep y nos subió en la parte trasera, bien agachaditos para que no hubiera problemas. Qué maravilla es ver pasar el paisaje sin ningún techo ni cristal que te aisle. Y qué paisaje. Mientras veíamos pasar las montañas y la vegetación me contaron que estudiaban geología y empezaron a explicarme con lujo de detalle la constitución de las formaciones rocosas de esa zona, también de las famosas Catedrales de Mármol, etc. Aprendí mucho. Atardeció y tuvimos que abrigarnos. El camino ya no era asfaltado, pura tierra y piedras, así que nos llenamos de polvo. Llegué a Villa Cerro Castillo y me bajé. Ellxs continuaban hasta Coyhaique.

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En Villa Cerro Castillo, una pequeñísima población de la Carretera Austral encontré al toque un camping de lo mejor: un espacio común techado con horno de leña listo para cocinar y mantenerse calentita. Hasta tenía señal de internet. Y la parcela donde acampé tenía vistas a la cumbre con forma de castillo que daba nombre al lugar. De esta población partía un trecking que podía durar entre 1 y 5 días. Tenía ganas de caminar y acampar en la naturaleza. Al día siguiente partí junto con varios jóvenes del camping a recorrer hasta la cumbre del Cerro Castillo. Me distancié un rato y caminé sola, tenía ganas de estar sola. De seguir mi propio ritmo y lo hice. Bonita ruta. Bajé corriendo, literal, junto a dos de los chicos, estuvo entretenido. Muerta de hambre me di el mejor bajón: marraqueta con palta y tomate. Exquisito. Y quedé lista para preparar lentejas. Compré algunas verduritas y bueno, debo reconocer que ¼ de mi equipaje eran implementos de cocina: especias, algo de arroz, avena, etc. Así que lo tenía todo. Quedaron exquisitas y salieron abundantes, convidé a quienes encontré en el espacio común y todxs las acogieron encantadxs. Rico compartir el alimento. Me encanta cocinar, además de disfrutarlo me relaja. Es mi terapia.

[PARÉNTESIS]

Empecé hace algunas semanas un taller de Ayurveda que imparte un amigo. Hablamos de los dones que nos dan las estrellas por nacer a una hora, lugar y momento determinados. Después, conversando con mi compa de casa, le pregunté cuál creía que eran mis dones, a veces una no se los encuentra tan fácilmente como alguien que te ve de fuera y que además te quiere. Su respuesta fue: la cocina y la capacidad de unir, de convocar. Y creo que efectivamente tiene sentido. ¡¿Se lo han preguntado alguna vez?, ¿cuáles son sus dones?

Al día siguiente partí sola hacia el Campamento Porteadores. Sencilla y bonita. Armé carpa, no había nadie. Luego descubrí que la mayoría preferían continuar hasta el siguiente campamento: el Neozelandés. Comí algo, unas galletas, y dejé mi mochila para continuar hacia el Neozelandés sin carga. Para disfrutar más del camino porque, aunque poco a poco ya se me había hecho la espalda al peso, cada vez más ligero, de mi casa a cuestas, aún la notaba. Notaba también como los músculos de mi espalda se iban apretando día a día, como atrofiando y contracturándose. Ocultando quizá quién sabe cuántos dolores y dudas más.

De camino al Neozelandés me encontré con Xime y Jhonatan. Ellxs acamparían allá. Continuamos la ruta juntxs. Al llegar nos encontramos con tres muchachos. Venían de escalar. Uno de ellos español. Pera. Enseguida tiraron la invitación: ‘si te quedas más días pasa por el camping ‘x’. Estamos saliendo a escalar todos los días’. Y yo flipada con que te inviten así, de la nada, sin apenas conocerte, a compartir tiempo, a que te enseñen. Nunca fui.[Ahora, a un año de esto, me entero que este chico, Pera, junto a otrxs, han armado un montón de vías de escalada en la zona]

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Xime y Jhonatan armaron su carpa, prepararon un almuerzo muy rico con unos fideos y me convidaron. De verdad que mochileando casi nadie pasa hambre, siempre alguien te ofrece. Es así de simple. Y es contagioso. Así que si alguna vez tuve miedo de pasar hambre o sed, se me pasó enseguida y empecé a confiar ciegamente en que el camino me proveería de todo aquello cuanto necesitase. Después del almuerzo subimos hasta una laguna, no recuerdo el nombre, pero era hermosa. Estaba nublado y, al poco de llegar, comenzó a lloviznar. Qué espectáculo. Precioso. Los arcos del agua producidos por cada gota. El sonido del impacto de cada una de ellas sobre la quietud del agua. Ese olor que empieza a brotar de rocas y tierra al humedecerse. Todos los sentidos estallando al unísono. En estos detalles está la magia. Reconfortante. Inolvidable.

Descendimos y nos despedimos. En lo que llevaba de viaje me había encontrado con hartas parejas viajando y yo me preguntaba por qué no lo había logrado yo. El salir a recorrer así, como ellxs, en pareja, con la persona a la cual quería y sigo queriendo. Me generaba aún mucha nostalgia y tristeza recordar a quien ya no tenía cerca. Pero sabía que todo hubiese sido diferente, ni mejor ni peor, pero distinto. No cambiaría nada de lo que estaba viviendo, ¿entonces? En esos momentos quería llorar, canalizar esa pena para que se fuera, pero no lo lograba. Llegué a mi carpa y descubrí que había algunxs vecinos. Quería estar sola, pero fue inevitable entablar conversación. También una pareja. Él chileno, ella noruega, se habían conocido hace un mes y habían decidido viajar juntxs. Fue bacán compartir con ellxs. Tomé rumbo al poblado para recoger mis cosas y hacer dedo hasta Coyhaique. Justo andaba la carretera en obras y había muchos cortes, pero aunque muchos me dijeron que ya era muy tarde (como las 3 o 4 pm) decidí intentarlo. En apenas unos minutos me subí a una camioneta que me llevó al cruce con Ingeniero Ibáñez.

Cuando entras a un vehículo no puedes filtrar mucho, menos cuando pasan con tan poca frecuencia. Existe un mínimo diálogo cuando el vehículo desciende la velocidad y para. Es en ese momento donde dices a dónde te diriges y esperas la respuesta del conductor con una sonrisa para que te lleve. Es después, durante los minutos u horas de viaje y conversa, donde descubres dónde te has metido. Personas de todas las ideologías y creencias. Pone a prueba tu nivel de adaptación y respuesta. De empatía. De saber qué y cómo decirlo. Encontrar los límites de hasta dónde discutir con la persona que te está llevando. Te enseña a escuchar sin juzgar.

En Ingeniero Ibáñez no se escuchaba ni una mosca, imaginé que pasaría un buen rato hasta que alguien pasara. Me saqué la mochila. Y, como estaba soleado, aproveché de echarme un poco de bloqueador solar, no había ni una sombra. Fue empezar echarme la crema en las manos y llegó una furgo. La detuve con las manos blancas del bloqueador. Eran Sergio y Álvaro. Trabajaban en el mantenimiento de la carretera e iban a Coyhaique. Era perfecto. Lancé la mochila y me subí.

Al llegar a Coyhaique Sergio me acercó hasta el supuesto ‘camping’ donde haría noche. Pero no había nada. Y él tampoco conocía otros. Después de una llamada me dijo: ‘tengo un amigo que dice que si quieres puedes acampar en su patio, ¿te tinca?’. No sabía si confiar. Por suerte aún era de día, podía ir, tantear, conocerle, ver qué tan segura me sentía y sino buscar otro lugar. Así que fuimos a la casa de su amigo Richard. Al llegar estaban tomando chela, eran Richard y Homero. Nos pusimos a hablar y la conversa se alargó. Propusieron un asado y después de la compras nos pusimos manos a la obra. Sergio se fue y me quedé allí, compartiendo. Monté mi carpa en el jardín de la casa. Según pasaban los minutos me iba sintiendo más cómoda. No podían ser mala gente. Ya de noche se unió la vecina geóloga (Ana) y Pascual, el tío de Richard. La conversa estuvo sensacional. Entre los cuatro me dieron una visión macro de lo que era la Patagonia. Cada unx desde su experiencia y disciplina. Darse cuenta de lo inexplorada que está aún este zona del mundo, cuántos secretos aún aguarda. Los procesos naturales por los que ha pasado esta tierra. Cómo en la cumbre de un cerro se encuentran restos fósiles marinos e incluso dinosaurios porque, obvio, antes fue parte de las profundidades marinas. Cómo aún quedan bosques petrificados que la era glaciaria conservó y otra parte la arrastró kilómetros y kilómetros donde aún se conservan bosques de arrastre. Es increíble. También hablaron del Campo de Hielo, del Everest de la Patagonia (Cerro San Lorenzo). Fue mucha información. En mi mente no dejaban de crearse imágenes alucinantes con cada frase que brotaba de sus bocas.

Esa noche pedí permiso para dormir dentro de la casa. Me cedieron un sofá-cama bacán. Qué rico volver a dormir en una cama. Y estar en un hogar. Tanto Richard como Homero trabajaban al día siguiente. Quedamos en que cualquiera de ellos me acercaría a la mañana siguiente hasta la carretera para continuar haciendo dedo. Bueno, pues desperté, me puse a conversar con Homero sobre la vida, los viajes y la literatura sobre la Patagonia mientras tomábamos unos mates. El día estaba un poco nublado. Y llegó una propuesta irrechazable: ‘y si preparamos unos panqueques y vemos unas pelis, el día está para ello’. Acepté. Sólo tenía que preguntar al dueño de casa (Richard) si podría pasar una noche más. Afirmativo. Preparamos panqueques con dulce de leche y vimos dos pelis bacanes. Necesitaba un día hogareño. De rutina. Agradecida. Después salí a pasear, a comprar algunas cosas que me faltaban como ‘gas’ para la cocinilla y tomar el aire. Al regresar Homero me invitó a ir con unos amigos. Me sentí súper cómoda. Sus amigos súper majos. Recuerdo que había torta de chocolate y un café muy rico. Un lujo. Ya de noche regresamos a casa, Pascual también pasaría noche allí. Preparamos una cena bien rica, brindamos con fernet y conversamos su resto. Esta vez sí era la última noche, era hora de continuar el camino. De Coyhaique me fui con unos pantalones impermeables, los míos habían muerto en la ruta hacia Candelario Mancilla, y un libro sobre Patagonia. Ambos préstamos de Homero. También con una idea más clara o más fantástica de estas tierras lejanas de las que oí hablar en mi infancia y sobre las que construí geografías milenarias.

 

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