Capítulo VI: Ruta 40

¡Quién no conoce la mítica Ruta 40!

Pues yo hasta que inicié este viaje. Todo el mundo se compra un parche para unirlo a su colección en la mochila viajera o se sacan fotos en distintos lugares de la carretera con la señalización. Pues no tengo ni lo uno ni lo otro. Tendrán que creerme cuando les digo que ‘estuve allí’.

Retomemos donde lo dejamos: Sentada en la única carretera que sale de El Chaltén, después de una agradable hora de espera, se detuvo una furgoneta. Era Luciana. Recordaba haberla visto en el mismo camping donde dormía. Piel morena. Callos en las manos. Algunas grietas y heridas en los dedos. Indudablemente pensé: “es escaladora”. No sé si es por la cantidad de horas que pasan bajo el sol pegadxs a la roca, pero sus pieles se ven como viejas y eso les hace verse mucho más mayores de lo que realmente son. Tenía sólo 23 años. Y no paro de sorprenderme del espíritu emprendedor y viajerx de tantas personas tan jóvenes. ¿Por qué tardé tanto tiempo en descubrirlo? Esta joven escaladora había invertido en una destartalada furgoneta donde había tirado un colchón, un camping gas y el material de escalada. Eso era todo. Iba hacia Calafate, al sur por la Ruta 40. Yo iba en dirección norte, así que después de una agradable conversa me dejó en el cruce de la ruta.

No era la única. Cinco personas más estaban allí. Me acerqué, me presenté e hice las preguntas de rutina: cuántas horas llevan esperando, si suelen pasar autos, si ha parado alguno…Resumen: Llevaban 5 horas, apenas pasaban autos y los pocos ni paraban. No era muy alentador, pero eso nunca es indicio de nada. Todo es posible. Hice migas con una pareja: él, chileno (César) y ella, peruana-brasileña (MaCla), una mezcla divina. Me enamoraron. Eran súper entusiastas, aún después de todas las horas que llevaban allí esperando. Incluso hicieron un lindo cartel para hacer dedo que decía algo como ‘hoy por mí, mañana por ti’ y una carita sonriente. No tuvo mucho éxito. Atardeció. El viento estuvo presente todo el rato, era bastante molesto y después se puso helado. Así que el plan era recolectar leña, meternos en un túnel de cemento que estaba al lado de la carretera donde podríamos refugiarnos (dentro había mensajes en los muros de otras personas que habían intentado hacer dedo y tuvieron que pasar la noche ahí…¿lo habrían logrado?). Me parecía un plan perfecto, me sentía a gusto en su compañía y sería entretenido pasar allí la noche. También podría haberme devuelto a El Chaltén, en esa dirección sí pasaban más autos. Pero, qué fome, ¿no? Y lo otro regresar a Calafate, pero era retroceder muchos kilómetros, la aventura tenía que ser en la 40. Decretado.

El decreto duró bien poco. Bueno, les había dicho que eran 5 personas esperando. Me faltó presentar a los otros tres: Gonza, Fabián y su amigo. Tres chavales de 19 años de Concepción (Sur de Chile, pero ni tan al sur…es que el país es tan largo que hay muchos sures, depende dónde te pares…). Súper majetes. Se unieron a nuestro plan de pasar la noche allá al caer el sol. Pero ellos habían hecho una investigación en profundidad del terreno y habían encontrado un mini-mini refugio de lata donde parece que se guarecen algunos pastores. Entraríamos los 5 y sería entrete, recogimos las cosas desestimando que a esas horas fuera a parar algún auto. Completa oscuridad. ‘El amigo’ de estos chicos de Conce, aburrido de esperar y temiendo la caída del sol, se había subido a un coche en dirección a Calafate. Gonza y Fabián se quedaron. Estábamos ya saltando una verja para ir al refugio de latón cuando se detiene un minibús dirección a Calafate, como a 100 metros. El conductor gritó algo. Uno de los chicos se acercó corriendo. Al parecer decía que era peligroso pasar la noche allí, que había animales y que no hiciéramos el tonto, que nos llevaban a Calafate. Gonza y Fabián aceptaron. César y MaCla también. Yo insistí en quedarme. Me repitieron varias veces que fuera con ellos y que brindáramos con vino una vez llegáramos a Calafate. Y yo insistía en quedarme. Cabezota. Y, mientras, el minibús esperando. MaCla se acercó corriendo desde el minibús y me dejó una botella de agua, en realidad no tenía mucho que comer o beber, en mi imaginación a esas horas ya estaría llegando a Los Antiguos (frontera con Chile muchos kilómetros más al norte). Les vi a todos subirse al minibús. Y cuando me iba a dar la vuelta escucho un grito, era el conductor de nuevo, algo así como ‘estás loca, ven y súbete al bus’. Era una orden. Y bueno, habían insistido tanto que quizá tenían razón, quizá lo mejor sería ir con ellxs. Pero en mi interior sabía que ningún animal me atacaría esa noche y que posiblemente, mañana, alguien pasaría y me llevaría por la Ruta 40, pero opté por retroceder hasta Calafate.

Llevaba 2 días volviendo sobre mis pasos, eso no me hacía sentir bien. Me incomodaba. Pero al llegar al bus ¡fue tan bacán… !Nos dieron mate durante todo el camino y empanadas argentinas. Me sorprendió la amabilidad y el vínculo de protección que se generó entre nosotrxs en apenas unas horas de espera junto a la ruta. Muy lindo. Nuevamente agradecida. Hasta aquí llegó la Ruta 40, la retomaría meses más tarde, a miles de kilómetros, allá por donde termina…

Llegamos a Calafate y fuimos directos a un costado de una casa abandonada donde algunxs de mis nuevxs compas habían hecho noche anteriormente. Armamos carpas, otrxs fueron a por vino y chocolate y brindamos por estar sanos y calentitos. A la mañana siguiente nos separamos: por un lado, los chicos de Conce; y, por otro, nosotrxs, César, MaCla y yo. La idea era buscar una ruta alternativa a la 40 para llegar a la próxima frontera con Chile. La mochila me pesaba como nunca, aunque en realidad lo que me pesaba eran los kilómetros de retroceso, pienso yo. Logramos llegar hasta la carretera y tras unos minutos haciendo dedo me dijeron: ‘Deb, es mejor que nos separemos, te tomarán más rápido si estás sola. Toma’- y me entregaron una pequeña bombona de gas. Todavía recordaban que ayer les dije que no tenía gas para cocinarme. ‘Por si te pilla la noche’, me dijeron haciéndome entrega del gas. Nos despedimos y caminé unos metros alejándome de ellxs. En 10 minutos paró un camión. A mí sí, a ellxs no. Le pregunté al conductor si podía llevarnos a los tres, su respuesta fue negativa. Muchos bultos, muchas personas. Guardé mi mochila atrás. Solía transportar vidrios, pero iba vacío. Se llamaba Juan. Nos desviaríamos hacia Río Gallegos y de ahí tomaríamos la Ruta de la costa.

Con Juan pasé las próximas 36 horas de mi vida. Sentada en el asiento del copiloto viendo pasar la pampa argentina kilómetro a kilómetro. Harto mate, galletitas, conversa, silencio. Una nunca baja la guardia, pero me sentí muy cómoda. Recuerdo ver un doble arco iris en un cielo azul atravesado por los rayos del sol sobre un horizonte de tierra mientras sorbía un mate y pensar: realmente esto es increíble. Acomodarme aún más en el asiento, hundiéndome en él como si fuera el sofá de mi casa, respirar profundo y sonreír.

El primer día avanzamos hasta Puerto Santa Cruz. Estaba lloviendo. Fuimos hasta el almacén donde debía cargar unos vidrios. Tenía la llave del galpón. Pasamos y aprovechamos de tomar una ducha. Prendimos un fuego para entrar en calor y luego salimos a buscar algo que comer. Recorrimos el pueblo en la oscuridad de la tarde buscando alguna luz que indicara que algún local estaba abierto. Lo encontramos. Pedimos una empanada de medio kilo rellena con puras verduras y un vino. Cenamos en el camión, brindamos y llegó la hora de dormir. ¿Dónde dormiría? Imaginé que sentada en el propio asiento. Juan despejó su camarote y me invitó a dormir con él. Imagínense el micro espacio de esa cama. Me cagué de la risa por dentro, en ningún momento sentí miedo. Le di las gracias con una media sonrisa como diciendo: ‘¡Ni cagando compañero!’. Debió darse cuenta, también se rió y me dijo: ‘bueno, hay otro camarote acá arriba’. De una me subí y dormí increíble. Ellos, por si acaso, la intentan.

Desperté con un mate en la mano. Emprendimos ruta hacia San Julián, otra ciudad donde también debía retirar unos vidrios. Comimos pizza por el camino. Y ya cerca del atardecer y después de habernos detenido para una siesta en mitad de la nada llegamos a Fitz Roy, un pueblo enano en mitad de la nada. ‘Hasta aquí  te puedo acercar’, me dijo Juan. ¡Ah! Olvidaba decir que me compartía internet de su celu y así pude comunicarme por whatsap. Justo antes de bajar del camión mi amigo Gonza me mandó un audio. Era un pedazo de una canción. Bajé del camión, me despedí, crucé la carretera, vi caer el sol en el horizonte y confié en que en lo que quedaba de luz lograría llegar hasta la frontera y dormir en tierra chilena. Esa tierra que reconozco como mi hogar ahora. Me sentía plena. Me gusta esa sensación de plantar las patas en el asfalto de una carretera que se pierde a lo lejos, sentir el viento, el remolino de aire al paso de un auto a velocidad, el sentirse pequeñita ahí en medio, con la libertad de elegir en qué dirección moverse. Y sólo quedaba esperar. Mientras, aproveché de escuchar el audio y me emocioné (otra vez) jaja. Esta es la canción:

Una sucesión de hasta cinco vehículos me llevaron hasta Los Antiguos, ciudad fronteriza. Llegué sobre las 3 de la madrugada. Recorrí cada una de las ciudades, siempre me levantaron personas que me fueron contando de sus vidas allá, en lugares que se me hacían súper inhóspitos. El primero trabajaba en una cementera que se había instalado hace poco; después un Director de Colegio; un ingeniero de minas y, por último, Luciano. Dí con él en una gasolinera. Eran ya las 9 de la noche. Pensé en quedarme ahí e instalar mi carpa detrás de la vencinera, pero los trabajadores me dijeron que si esperaba un poco quizá alguien me alcanzara hasta Los Antiguos. Crucé algunas miradas y descubrí al jefe de Luciano, tenían una empresa de transportes para los trabajadores de la mina y él vivía en Los Antiguos. Así fue. Fue una de las personas más interesantes de la ruta 43.

Extracto del Diario de Viaje:

“A sus 43 años está casado y con una hija de 4 años. ‘Un poco grande, ¿no?’, me decía. ‘He vivido mucho antes…aprovechando’. Siempre dedicado al transporte como conductor nació y se crió en Los Antiguos trabajando en Estancias como su padre. Pero también en las cerezas. De ahí que conociera tan bien la zona: me habló del Lago Buenos Aires, el segundo más grande de Latinoamérica después del Titicaca; el trabajo con las cerezas y la diferencia entre las dulces – que se consumen a nivel local- y las ácidas – las que se exportan a España y Francia; la fauna y flora del lugar; por qué Los Antiguos tiene sólo 75 años desde su fundación y cómo los tehuelches lo destinaron a los ancianos debido al agradable ‘microclima’ que tiene, lo llamaba el ‘asilo’ de los tehuelches; el trabajo minero en la zona dominado por tres empresas de extracción de oro, plata y platino; y, para terminar me pasó el dato de dónde acampar sin que nadie me diga nada, junto al río…
En el año 93, a causa de la ceniza flotante de la erupción del 91, tuvo un accidente que le llevo a vivir a Misiones por varios años. Hablaba con mucho cariño de la zona. Transporta a menudo a extranjeros, entiende el inglés, pero se niega a hablarlo: “ya sabés, después de lo que pasó con Las Malvinas…”.

Retazos de vidas. Vidas que ayudan a entender parte de la historia del lugar donde me estoy moviendo. Para rematar, en la oscuridad de la ruta se nos cruzó un puma. Llegamos a las 3 de la madrugada y me dejó exactamente al lado de un árbol donde acampé. Estaba muy oscuro. Escuché el río a lo lejos, estaba cerca. Tendría agua fresca para prepararme desayuno. Tenía mi linterna. Dormí de una.  Hasta mañana.

Cosas que escribí sobre una servilleta mientras viajaba con Juan:

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