Capítulo IV: El Chaltén

Nos preguntábamos si merecería la pena ir a ver el Perito Moreno después de haber caminado y convivido con el glaciar Grey. ¿Habrá algo más impresionante? Al fin y al cabo es lo mismo, ¿no? Una gran masa de hielo milenario…

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Perito Moreno.

Pues sí, merece la pena. Una no viaja hasta tan lejos para quedarse con las ganas de conocer al único glaciar que avanza a pesar del deshielo. Impresiona.  Incluso después de ver el Grey.  Impresiona saber la cantidad de años que lleva existiendo, tan anterior a nuestras vidas, a la especie humana.  Cada día, al atardecer, se fracturan y desprenden torres de hielo de una magnitud indescriptible. Sonido ensordecedor. Impactante. Los glaciares, al igual que las personas, somos el fruto de miles de existencias. Los pedazos que se desploman es por el empuje de hielo nuevo. También las personas sufrimos desprendimientos (amores, emociones, etc.). Un proceso largo, casi invisible en proporción. Nos quedamos horas contemplando. Da para ello. Atentxs para detectar cualquier nuevo crujido. Absortos. Es tan grande. Somos tan insignificantes. Y es tan agradable y tranquilizador advertirlo…

A la mañana siguiente partimos rumbo a Chaltén, nombre con que los pueblos originarios denominaron a la cumbre más alta. Actualmente conocido como Fitz Roy. Sigo sin poder describir la belleza de estos lugares.  Hay que ir, verlos, sentirlos, olerlos. El bus nos detiene unos metros antes de entrar al pueblo, en el llamado Centro de Visitantes. Allí nos informan de que gozamos de una suerte increíble pues los próximos 3 días estará despejado. Es casi imposible disfrutar de la silueta del Fitz Roy y el Cerro Torre porque casi siempre están imbuidos en una gran nube humeante. También nos cuentan que estamos ante el tercer bloque de hielo más grande del mundo tras la Antártica y Groenlandia. Y que de él, empujado por el crecimiento de hielo, nacen los distintos glaciares que se desbordan entre las montañas. Cabe destacar que merece la pena quedarse unos minutos recorriendo el centro pues explica de forma muy didáctica y sencilla la creación de la tierra, sus continentes y la era de la glaciación. Un marco teórico necesario para ser consciente del lugar en el que estamos.

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Panorámica de el Chaltén o Fitz Roy.

¿Recuerdan que les hablé de Jordi y Ana, los chicxs que conocimos en Torres? Bueno, unos amigos suyos catalanes trabajan en temporada acá en el Chaltén como guías de rafting y descenso de cañones, gracias a ellos pudimos dejar nuestras mochilas y comenzar la ruta que por 3 días nos llevaría a recorrer los principales atractivos: el mirador del Fitz Roy y del Cerro Torre. Comenzamos el ascenso motivadísimos, sin embargo, a medio camino advierto que las varillas de mi carpa no están conmigo. ¡¡Crisis!! ¿Por qué? Porque somos 3 personas y sólo tenemos 2 carpas. Tener que dormir 3 en una supone cierta incomodidad, pero más aún, la necesito para seguir viajando y, además, la carpa no es mía, es un préstamo de mi exjefe y creo sinceramente que si se entera de que las he perdido, me mata. Pero no nos adelantemos, ¿qué hacer? No se me ocurre otra cosa que bajar corriendo por el camino revisando rápidamente con la mirada cada centímetro en busca de mis varillas. Venían envueltas en una funda verde musgo, super fácil de distinguir entre tanta vegetación (ironía). Les digo a Merche y a mi hermano que sigan subiendo que volvería enseguida. Mentira.

Bajé y no encontré nada. Decidí caminar por el pueblo deshaciendo lo andado hasta que deduzco que, quizá, y sin estar muy segura, cabía la posibilidad de que se hubieran quedado en el bus. Así que corrí hasta el terminal y el bus acababa de marcharse y no volvería hasta el próximo día. Creo que la encargada de la compañía de buses debió ver la desesperación y rabia en mi mirada y me dijo: ‘yo hablaré con el conductor, si están las traerá mañana’. Ya sin muchas esperanzas comienzo a caminar de regreso, no tenía fuerzas ni ganas de correr hacia el inicio del sendero. Antes de llegar a él me encuentro a mi hermano, también con cara triste, pero animándome, al final sólo quedaba dormir los tres bajo el mismo techo y después ya veríamos si aparecían o no las varillas. Aunque agotadxs volvimos a ascender hasta el punto donde Merche nos esperaba con todas las mochilas.

Llegamos hasta el campamento, armamos carpa y ascendimos hasta el mirador del Fitz Roy piedrita tras piedrita. Se hace cuesta arriba la cosa y al llegar, digno del Fitz, nos esperaba envuelto en una gran nube. Muy característico. Estábamos solitos ahí, frente a tremenda roca. Por el movimiento de las nubes intuíamos la velocidad del viento allá arriba. Y pensar que algunxs escaladores han hecho cumbre… cómo debe ser aquello, qué se verá…sólo algunos lo experimentan, muy pocos. Preparamos cenita, unas lentejas para recuperar fuerzas. Para ir al baño había dos opciones: una, entrar a un pequeño espacio construido con troncos que olía a rayos u; otra, tomar una pala que colgaba de una rama y adentrarse en el bosque minado de heces, con mejores vistas y olor. Sólo debías estar atento a no pisar alguna de las montañitas con hojas con las que algunxs hacían visible su lugar de evacuación. Menos mal que la pala está para cavar…

La mañana nos despertó con algunas gotas. Garuaba. Bajo esta fina llovizna emprendimos camino por una senda que nos llevaría al siguiente campamento. Cubiertos con chubasqueros y bolsas de basura estuvimos horas caminando. Fue bacán porque con la lluvia salen muchos animales e insectos y pudimos verlos. Había que caminar mirando bien el suelo y aparecían de todos los colores, con cuidado para no pisarlos. Llegamos a una bifurcación donde algunxs caminantxs decidieron devolverse al pueblo y nosotrxs decidimos continuar hasta el campamento D’Agostini en la base del Cerro Torre.

Llegamos empapados. Sólo teníamos una carpa donde a duras penas entrábamos los tres y nuestras mochilas que, obviamente, debíamos refugiar de la lluvia. Dejamos las camperas fuera, colgando de las ramas de algún árbol a sabiendas que no habría forma de secarlas, sólo confiar en que dejara de llover. Apretujados nos acomodamos bajo el techo de la carpa, nos cambiamos de ropa (la mojada por una menos húmeda, que no seca) y tras dormir un rato iniciamos la Comisión de Crisis: ¿qué hacemos? Temíamos que de seguir lloviendo toda la noche (eran apenas las 7 de la tarde) la carpa no aguantase y se calara. Pasar la noche mojándonos no era muy halagüeño. Pero, desarmar campamento y resignarnos a descender mojados como estábamos y cansados en la oscuridad y sin apenas linternas para acabar pagando noche en algún hostal millonario…tampoco mejoraba las cosas. Ni idea de qué hacer. Nos tranquilizaba saber que había algunxs campistas más por allá igual de mojados. Bajo sus carpas y en silencio pues no se escuchaban más que las gotas rebotando. Decidimos quedarnos. Dormimos un poco, entre húmedxs y frías. Albert fue el primero en tomar la iniciativa y salir a inspeccionar. Preparó algo para cenar y aseguraba que no hacía frío, que era cuestión de salir y moverse. Con el paso de las horas la lluvia cesó. Sólo había que cruzar los dedos para que al amanecer se despejara y pudiéramos ver el Cerro Torre. Y que saliera el sol para secar un poco nuestras ropas y camperas.

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Amanecer en el Campamento D’Agostini. Las nubes envolviendo el Cerro Torre.

Lo logramos. Amanecimos descansados, aunque el sol no brillaba. Bueno, brillaría en alguna parte, pero las nubes nos impedían verlo. Pero al menos no llovía. Nuestras ropas aunque húmedas se podían llevar. Dejamos todo armado y salimos a caminar. El paisaje nublado era todo un espectáculo y el silencio…totales. Sólo el sonido de nuestros pasos al caminar. Mientras caminábamos hacia el mirador Maestri las nubes se fueron dispersando y sin darnos cuenta apareció: allí estaba el Cerro Torre. El misticismo que rodea estas cumbres nevadas es cuático.

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Albert contemplando el Cerro Torre 🙂

Felices de nuestra decisión de haber aguantado la lluvia regresamos a Chaltén. Recogimos nuestras mochilas. Fui al terminal y recuperé mis varillas, estaban en el bus. Esa noche acampamos en un sitio llamado ‘El Refugio’. Nos lo habían recomendado Amparo y Ramón, de la ruta por Torres. De hecho, ellos debían estar en este camping pues al parecer tenían unos amigos escaladores que llevaban un tiempo por aquí esperando la ventana perfecta para ascender al Cerro Torre o alguno de sus vecinos.

Así fue. Llegamos y allí estaban Ramón y Amparo, nos presentaron a sus amigos, cuatro muchachotes murcianos. Era la última noche de Albert y Merche, también de Amparo y Ramón. Al día siguiente se irían y me quedaría sola de nuevo. Me presentaron a los cuatro muchachos para que no me quedara tan sola, por si necesitaba cualquier cosa saber que podía recurrir a ellos. Reconozco que eso no me tranquilizó mucho, seguían siendo desconocidos y además se me juntaba la pena de volver a separarme de las personas a las que quiero. Sin embargo, fueron super amables, me dejaron invitada a escalar al día siguiente después de que mi familia se fuera. Dije sí, pero no estaba pensando en nada, por cortesía. Imaginé que lo hacían medio por obligación y compromiso.

Llegó la hora de la despedida, fuimos hasta el terminal y se subieron al bus. Intenté contener al máximo las lágrimas, pero mira que es difícil. Habían sido unos días increíbles, se pasaron volando…ahora tocaba afrontar el viaje nuevamente. La aventura continuaba. Regresé cabizbaja hasta el camping preguntándome lo que ya se venía repitiendo desde el inicio: ¿qué estoy haciendo?, ¿por qué estás aquí?, ¿hasta dónde quieres llegar? Y un largo etcétera.

Abrí mi carpa y me encerré. Y de pronto un grito. Era Moreno, así le llamaban. Me asomé por la puerta de la carpa. Eran ellos. “Oye, te estábamos esperando, ¿vamos a escalar?”. La decisión fue rápida: Sí. No tenía nada más que hacer y desde hace algún tiempo me había picado ya el gusanillo de acercarme a actividades relacionadas con la montaña. ¿Qué perdía? Ropa cómoda y listo. Nos encaminamos por la misma ruta por donde subí días antes y nos desviamos por un camino, no sabía muy bien a dónde íbamos, pero confiaba,  no me preocupaba mucho. Íbamos a hacer ‘bloque’. Llegamos a un lugar con una gran roca y después de algunos estiramientos me pasaron unos pies de gato y me dijeron: ‘ala, a jugar’, ‘sólo tienes que poner un pie tras otro y si vas a caer avisas’. Y así fue. Había una escuelita de jóvenes escaladores, andaban todos jugando y haciéndole combate a la gravedad. Estos murcianos eran unos cracks y súper majetes. Enseguida me sentí como en casa. Eran Javi, Moreno, Pablo y Lolo. Pasé la tarde con ellos buscando algunos bloques y después de regreso al camping. Me convidaron de su cena, también unas cervezas y de casualidad había un cumpleaños. La cumpleañera amasó pizza para todxs, masa integral a las brasas. Crearon un horno de lo más rudimentario, pero maravilloso. Sobre las brasas colocaron una bandeja donde estaban las masas, en cada esquina una piedra y arriba otra lata. Horno listo. Lo aderezaron con unas canciones hermosas  de la voz de la cocinera y un cielo despejado y estrellado. Que viva la samba argentina. Y nuevamente lo sentí, esa sensación extraña de estar en el lugar perfecto en el momento perfecto. Todo era preciso, nada sobraba, nada faltaba. No quería estar en otra parte. Eso era todo lo que necesitaba. Inmensa felicidad.  Afortunada.

Desperté con el claro objetivo de irme en ruta hacia la Laguna Toro, hacer noche allá y regresar al día siguiente. Los chiquillos aún estarían allí, así que podría despedirme de ellos porque luego continuaban su viaje rumbo sur o norte, aún no lo tenían muy claro. Al despertar estaba Lolo, chef excelente. Desayunamos, recogí campamento y me fui. Había que avisar en el Centro de Visitantes que iría a hacer la ruta por seguridad. Decían que aún quedaban días de buen clima, pero el camino no estaba muy demarcado por lo que recomendaban no ir sola. Pero bueno, no tenía a nadie más y quería hacerlo igualmente. Partí más tarde de lo programado. El camino fue más ameno de lo esperado. Tuve que pasar algunos brazos del río que salté sin problemas para llegar finalmente al Camping de la Laguna Toro.

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A mitad de camino hacia Laguna Toro (justo bajo el glaciar del fondo)

Era un lugar curioso: era como una trinchera, el campamento estaba delimitado por un montón de ramas que, ordenadamente, formaban el contorno del espacio a ocupar y las parcelas donde colocar la carpa a modo de mini-barricadas. Me pareció un paraíso. A lo lejos vi un par de carpas. Inspeccioné el lugar, era temprano y aún quedaban unas horas de luz. Había un baño, como una cabaña estrecha y con el tejado muy afilado, no entendía la arquitectura y disposición del lugar (más tarde lo sabría).

Aproveché de acercarme a la laguna que se encontraba a unos minutos caminando, también recogí agua del río y me tumbé a disfrutar del calor que el sol había dejado impregnado en la tierra. Me dormí. Abrí los ojos sobresaltada temiendo que hubiera oscurecido, pero no, aún quedaba luz. Estaba como recién despertada, es decir, muy atontada, y algo desubicada, pero encontré el camino de vuelta a mi carpa querida. No tenía hambre así que me adentré en mi cueva, leí, escribí y comenzó el viento. Y no paró en toda la noche. Temí por mi vida, la manera en la que crujían los árboles no era normal, pensé que alguno caería sobre mí y moriría aplastada. Ahora entendía porque el camping estaba construido de esa forma… También porqué le llamaban ‘el paso del viento’ a la ruta que daba acceso al campo de Hielo Sur y que era exactamente por aquí. En algún minuto el cansancio pudo al temor y dormí como un lirón.

Yo, que nunca fui mujer de acampada, seguía aluciflipada (esta no me la inventé yo, se la copié a una amiga y me encanta, la mezcla perfecta entre ‘alucinar’ y ‘flipar’) de estos despertares en mitad de la naturaleza. Me parecen lo mejor del mundo. Y una vez lo pruebas no puedes pasar mucho tiempo sin repetirlo. La suerte de viajar con carpa y por Patagonia es que tienes el mejor escenario para hacerlo. De hecho, venir a este lado del mundo y no internarte en la naturaleza a acampar es una pérdida de tiempo y disfrute. Sí, a veces soy exagerada. ¡Pero es cierto!

Bueno, después de un desayunito tomé la mochila rumbo al pueblo pues no tenía idea de que por ahí se iba al campo de Hielo Sur, había algunas personas que llevaban días acampando allá esperando buen tiempo para atravesarlo, pero se encesitaba equipamiento del cual no disponía. El camino de vuelta fue un poco más complejo. El cauce del río había crecido y me tuve que mojar. A una hora de llegar me encontré con Jordi y Anna, compartimos las novedades de los últimos días, al final casi todos pasamos por los mismos lugares.  Y quedamos en vernos en el camping a su regreso. Ellos, al igual que yo, tenían la idea de tomar un barco que salía de Candelario Manzilla (jamás olvidaré este nombre) ubicado a unos cuántos de kilómetros. Suponía un trecking de un par de días atravesando la frontera argentina y entrando a Chile. Era una de las opciones para iniciar la ruta por la Carretera Austral en O’Higgins (Chile). Esto se merece un capítulo por sí solo. Pronto.

chiquillosLlegué al camping entre cansada y hambrienta y, ¿quién estaba ahí? Pues Lolo, con la media sonrisa. Es como llegar a casa. Que en un lugar casi desconocido, en mitad de la Patagonia, te reciban con una sonrisa es lo más cálido y acogedor. Da igual el lugar mientras haya personas que sonrían. Me preguntó si tenía hambre y creo que no hizo falta que respondiera. Fuimos a comprar, almorzamos y descansé. Según mi cabeza programadora saldría a la mañana siguiente, peeero al despertar me puse a conversar, desayuné retranqui y al final me pareció muy tarde para salir. Nada me obligaba a salir si lo que quería era quedarme y flojear por un día. ¿Dónde estaba el problema, eh? Si al final yo era quien decidía. Además era el último día con los chiquillos, así que preferí quedarme, disfrutarles. Cenamos y nos dimos el gusto de tomarnos unas cerves en un local del pueblo. Esos murcianos escaladores me conquistaron. Me hicieron sentir en familia.

Al día siguiente tomaron la decisión de partir hacia Calafate. Lolo prefirió tomar el mismo rumbo que yo. Preparamos todo para partir. No era el mejor día, había harto viento y empezó a lloviznar. Salimos igualmente. Y lo que viene a continuación es uno de mis pasajes preferidos del viaje: por el increíble lugar al que llegamos y por lo impredecible de la naturaleza, que te hace frenar, contemplar y replantear el viaje. Es la ruta que nos llevaría a Candelario Mansilla.

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