Capítulo III: Las Torres

Había pasado el primer mes de mi viaje. Estaba en Puerto Natales cumpliendo otro de mis sueños: conocer el Parque Nacional Torres del Paine. De hecho, inicialmente el viaje era llegar hasta aquí nada más. Ahora esperaba a mi hermano y mi cuñada que llegarían el primero de febrero.

Cuando llegué a Chile en 2012 también vinieron a visitarme, recorrimos parte del sur los tres. Entre muchas conversaciones llegamos a prometernos que algún día conoceríamos Torres del Paine juntxs. Quizá invente, pero incluso creo que le pusimos fecha y fue exactamente en el 2016. Así que aunque no fue planeado, lo cumplimos.

Aunque me entristeció dejar a mi nueva familia en Punta Arenas también tenía ganas de seguir moviéndome, de estar sola. Así fue que llegué a Natales unos días antes que mi hermano.  Fui directa al hostal ‘Casa Lili’ cuyos dueños son de lo más estrambótico. Vayan y conózcanlos, describirles es imposible. Salí, paseé por la ciudad, pero no sabía muy bien qué hacer con mi tiempo. Caminando topé con la biblioteca municipal: silencio, calor, libros, internet gratis. Era el lugar perfecto para ponerme al día con la idea de iniciar mi blog del viaje. Un plan perfecto para un día de frío y viento patagónicos. Siento cierta satisfacción al reservar algunos minutos del día para escribir, intentar poner en palabras lo que veo/siento. Feliz con la apertura del blog que nunca continuaría me devolví al hostal.  Allí conocí a Ainhoa y Koldo, del País Vasco. Nos pusimos a hablar y no paramos en un buen rato. Viajes, anécdotas, risas. Tenían un año para recorrer en bici Latinoamérica, no es mal plan, ¿no? No era la primera vez que hacían algo así, ya habían recorrido parte de Asia, África y quién sabe qué más. De una humildad y calor increíbles. En un par de días se fueron y quedamos en contacto por si nos cruzábamos más al norte de este continente. Seguimos informándonos por whatsap hasta que mi celular desapareció. A veces bastan sólo unas horas para generar un vínculo invisible de afecto que te una a otros seres. Parte de las cosas lindas que se descubren al viajar.

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En este mismo hostal conocí a Giovani, chileno, también viajero en bici, pero era su primera vez, seguramente la primera de muchas. Comenzamos a hablar, salimos a patear la ciudad y entre conversa y conversa resulta que ya nos habíamos visto antes. Sí, hacía unas semanas en el inicio de la ruta hacia el Cabo Froward, yendo hacia el Faro San Isidro. Óscar y yo regresábamos después de 5 días de caminata y él, Giovanni, pretendía hacerlo en bici. Allí estaba preguntándonos si era posible, con su bici y su mochila. Y ahora aquí organizando la ruta por Torres del Paine juntos.  Fueron días muy tranquilos, los dos acampábamos en el patio del hostal. Uno de estos días aprovechamos de escaparnos en bici a la Cueva del Milodón. Qué rico andar en cleta. La ida fue durilla. Viento en contra, en subida, pensé que no iba a llegar. En más de una ocasión me bajé de la cleta y lo hice caminando. Pero el regreso…fue soñado. Cuesta abajo, con el viento a favor y con mucho menos sol…25 km a toda velocidad surcando la carretera, viendo pasar un paisaje indescriptible mientras el viento te despeina y el sol te sacude con su calor. Pulmones bien hinchados de tanto aire limpio, con ganas de gritarle al viento de alegría y agradecimiento. Alcanzar velocidad sin hacer ningún esfuerzo, sólo disfrutando de la caída. Libertad. Plenitud. Eso sí, llegué reventada y el culete me dolió durante un par de días.

Otro de los acontecimientos de estos días fue que justo una de mis amigas del colegio de España, Virgi, estaría unos días en Puerto Natales con su pareja. Hacía tiempo que no nos veíamos y estaba contenta y nerviosa a la vez. El reencuentro fue hermoso, disfrutamos mucho poniéndonos al día, riéndonos de todo y comiendo rico. Ver una cara conocida y querida además de inesperado fue sanador.

¡AH! A todo esto yo seguí con un dolor en el tobillo por la caminata de Froward. Tenía miedo de que no se me pasara antes de ir a las Torres, también de que fuera culpa del calzado y bueno, de no poder disfrutar del recorrido. Pero se fue pasando. El 1 de febrero llegaron Albert y Merche, qué subidón. Hicimos las últimas averiguaciones sobre la ruta que seguiríamos, también las compras para alimentarnos por esos 8 ó 9 días en el parque donde todo el mundo nos había dicho que era carísimo cualquier tipo de consumo.  Giovanni se unió al ‘team’. Seríamos cuatro.

Partimos temprano hacia el Parque en bus, tuvimos suerte y según nos acercamos vimos las Torres, de granito, afiladas como agujas producto de la glaciación. Haríamos el trecking conocido como la ‘O’ o Circuito Completo. Albert y Merche sólo tenían 15 días y había que aprovecharlos al máximo. Atravesamos parte de la zona que se incendió años atrás, triste. También nos topamos con caballos y finalmente terminamos en el primer campamento habilitado. Nuestros hombros destrozados, el peso de la mochila, de 12 kilos aproximadamente cada uno, se hacía notar a cada paso. Pero sabíamos que según avanzaran los días nos avituallaríamos y, no sólo eso, si no que el peso descendería por lo que iríamos comiendo. Y eso que no llevamos tanta comida…

Acostarse temprano y  despertar temprano. Esa era la rutina que nos esperaba.  Despertar, recoger la carpa, los sacos, desayunar, cargar agua, armar mochila y a caminar. Lo entretenido es que en esta primera etapa éramos como unas 50 personas y continuaríamos juntas durante las próximas jornadas, nos iríamos conociendo y generando afinidades. Una comunidad de personas recorriendo el mismo camino: nos vemos durante las horas de almuerzo, esperando la fila para las duchas, cenando o en el camino, miradas de complicidad ante la belleza del paisaje. Cada alma con sus miedos, pesares y alegrías. Hombres y mujeres de todas las edades y nacionalidades.

En el segundo día llegamos a ‘Paraíso Dickson’. Así fue como nos recibieron y no se equivocaron, excepto por los insectos que nos acribillaron y dejaron su huella por días. Llenos de picaduras por todo el cuerpo. Desde este ‘paraíso’ se veía ya el brazo del Campo de Hielo Sur. Un inmenso glaciar que se extiende por kilómetros y del cual apenas podemos hacernos una leve idea.

El tercer día llegamos a ‘Perros’, pudimos armar las carpas sin problemas y justo después comenzó a llover y no paró en toda la tarde. Llegamos al campamento antes de la tormenta, sequitos, pero no conformes con esto salimos a dar un paseo y acabamos calados, pero pudimos ver uno de los glaciares más cercanos, ‘Viento’,  y escuchar el estruendo del derrumbe de uno de sus pedazos. Mereció la pena. Al regresar, todo mojados, nos encontramos con el único espacio a cubierto y con fueguito lleno de gente, estábamos los 50 caminantxs allí metidos, conversando, secando las ropas y calzado para afrontar el siguiente día. Apenas entrábamos, pero eso hizo romper el hielo y que habláramos con un montón de personitas, saber qué les había llevado hasta allí, cuál era su ruta, etc. Fue aquí que conocimos a Amparo y Ramón, españolísimos. Quedamos para partir juntos a la mañana siguiente. Se suponía que esta era la etapa más dura, pero se hizo muy amena, sobre todo por el paisaje. Después de un tremendo ascenso apareció Grey. Otro brazo de glaciar del Campo de Hielo Sur. Inmenso. Caminamos durante horas a su lado.

Atravesamos bosque y un puente colgante larguísimo: por un lado, ver la imponente altura del muro del glaciar, no se cuántos metro o kilómetros tendría, pero era gigante; por el otro lado, un muro de tierra con una cascada que caía muchos metros por debajo de nosotrxs; y, por último, nosotrxs sobre esas tablas de madera del puente balanceándonos al ritmo del viento. Fascinante y adrenalínico. Pasamos la noche en el campamento ‘Grey’ donde el grupo de peregrinos inicial se diluyó con las personas que llegan de otros circuitos. Fue la noche más helada, apenas logré dormir. Tenía todos los músculos contraídos y mis pies jamás consiguieron templarse. Muestra de ello fue descubrir que la ropa que habíamos lavado a la noche estaba hielificada (sí, me la acabo de inventar).Es decir, estaba congelada, la habíamos dejado sobre una rama y se había quedado con esa forma. El cansancio se iba acumulando, no dormíamos del todo bien y el peso de la mochila se hacía notar.

Ya era el quinto día. Llegamos a un campamento bellísimo: ‘Paine Grande’. La tranquilidad de estos días da la sensación de que aquí nada desaparece. No hay robos. Puedes dejar tu carpa abierta, todas tus cosas fuera, que ahí seguirá. Me gusta esa seguridad y confianza en el/la desconocidx.  Me gusta que la única preocupación sea seguir caminando hasta el siguiente refugio sabiendo que por el camino el paisaje y la naturaleza nos sorprenderán. Sólo estar atentxs y cuidar el cuerpo. Cuerpo y mente que me están permitiendo cumplir con este recorrido y disfrutarlo sin mayores molestias. Debo reconocer que se lo debo especialmente a la práctica que me ha dado la fuerza mental y física para disfrutarlo. En las horas de ruta a ratos conversábamos entre nosotrxs; otros sólo caminaba sin pensar y también repasaba, asana por asana la serie de ashtanga que me habían enseñado mis profesores. Extrañaba practicar, creo que fue en esta ruta que supe que cuando me detuviera nuevamente, cuando me estableciera de nuevo en algún lugar, lo primero que haría sería retomar la práctica.

El día 6 despertamos temprano sabiendo que la ruta sería corta hasta el siguiente campamento. Al llegar armamos carpa y caminamos hacia el Valle del Francés. A cada paso nos deteníamos pues se escuchaban fracturas y desprendimientos de nieve y glaciar a cada rato. Es increíble cómo la vibración generada retumbaba entre las montañas. Conseguía detenernos a todxs. Absortos quedábamos escuchando a la montaña, buscando con la mirada el origen. Descifrando. Disfrutando.

Ya nos quedaban pocos días en el Parque Nacional, fue el día de caminata más largo hasta llegar al campamento ‘Las Torres’, a apenas unos kilómetros de las Torres que dan nombre al parque. El último tramo lo hicimos con lluvia. Armamos carpa y allí conocimos a Jordi y Ana., quienes se convertirían en unas semanas en compañeros de aventuras en tierras argentinas.

Nos asustaba el clima. Queríamos ver las Torres y era probable que no pudiéramos. La lluvia, las nubes…El guardaparque nos dijo que despertáramos temprano y mirásemos el cielo y si alcanzábamos a ver las estrellas, tendríamos alguna posibilidad de verlas. Giovani fue el primero en despertar, miro al cielo, vio estrellas y nos despertó a todxs. Subimos a ciegas con las linternas. Hacía frío, pero la subida nos hizo entrar en calor. Nos colocamos bajo una gran roca a esperar el amanecer, nos habían hablado de un efecto, de un rayo de luz que al amanecer se veía rojo en la Torres. Había tantas nubes que por más que esperamos alrededor de una hora o casi dos no vimos nada. Un poco tristes regresamos al campamento, recogimos las carpas y empezamos a descender, era nuestro último día en el parque. Haríamos noche ya en Natales. Alrededor de las 11 am se despejó, ya estábamos a medio camino y continuamos el descenso, después, al llegar al bus y ver las Torres completamente despejadas dudé de haber tomado la decisión correcta. Pudimos habernos devuelto, ascender de nuevo y lograr verlas… Pero bueno, estábamos más que satisfechos con lo vivido. Me prometí que volvería en unos años más y las vería. Así que ahí va otra promesa. ¡Habrá que mantenerse en forma!

Después de 9 días contando la cantidad de avena, arroz y fideos que comíamos por día para no quedarnos sin nada a mitad de viaje, la llegada a Natales fue apoteósica. Soñaba con pan tostado y mantequilla y eso compramos. Cenamos hasta reventar. Dormimos en camita y al día siguiente directos a Calafate, quedaban pocos días para que Merche y Albert tuvieran que partir y no queríamos perdernos el glaciar Perito Moreno ni el Parque Nacional Los Glaciares donde se encuentran dos de las montañas de granito más impresionantes del mundo: Cerro Torre (3.133 msnm) y Fitz Roy (3.405 msnm).

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