Belén: cultivando la construcción en tierra

Hace algunas semanas una amiga me invitó a participar de un voluntariado en Belén. Apenas llevaba un par de semanas en Arica, el desierto con mar. Esa ciudad enclavada en el norte de Chile. Frontera con Perú, Bolivia y el Océano Pacífico. Belén pertenece a la precordillera. A tan sólo 2 horas y media de Arica. Se pasa de 0 msnm a 3.297 msnm. Todo un ascenso para el cuerpo y la mente. No todos padecen el mal de altura, pero no está demás seguir algunos consejos como no comer en abundancia y beber harta agua para disfrutar más de los increíbles paisajes que desfilan por la ruta. Por minutos va cambiando el telón del viaje: el desierto, tierra hasta el infinito; de pronto los valles, bordearlos observando el surco de sus cauces; en el ascenso comienza la vegetación, terrazas de cultivo, puro verde. Es el orégano, el choclo, habas, alfalfa…Se siente en el aire, un olor fresco a hierbas.

img_6950_ok

Tengo la suerte de ir acompañada por pobladores/as de  Belén. Muchas de sus casas están siendo restauradas siguiendo la tradición: adobe sobre adobe. Pura tierra, arena, agua y paja. Materiales nobles que se encuentran en los alrededores. Ellxs mismxs son aprendices y arquitectos de sus hogares junto a los maestros que venidos de Ecuador, Perú y Chile enseñan sobre los métodos de construcción ancestrales. Ante el próximo sismo o el paso del tiempo ellxs mismxs tendrán las herramientas para restaurar sus hogares y templos. Es la Fundación Altiplano quien ha organizado esta excursión/voluntariado/escuela taller como parte del Programa de Capacitación en Restauración de Fachadas.

Belén: tesoro patrimonial por descubrir

Caminar por las calles de Belén no es sólo un paseo patrimonial e histórico sino también un museo a cielo abierto. Las fachadas de las casas restauradas toman los colores de los cerros que las rodean. Los colores de la tierra nos acompañan a cada paso. Orgullosas, sus pobladoras, Edith y Nila nos hablan de sus orígenes y el de sus casas que pronto estarán listas gracias al trabajo de la Fundación y su equipo.

 

Antes de asistir a este taller no tenía idea de las técnicas de construcción y ahora, al menos, sé que ‘revoque’ es el proceso con el cual se recubren los adobes (ladrillos) para proteger y afirmar los muros; sé que después existe un ‘revoque fino’, que recubre el anterior, a través de una mezcla de arena y tierra de los cerros que a raíz de sus minerales cobra color (amarillo, verde y rojo); sé también que para conseguir la consistencia de esta masa que dará color a las fachadas se deben realizar varias pruebas variando la cantidad de arena junto a la tierra y el agua para dar con la adecuada; sé que al proceso de tirar tierra para el revoque se le llama ‘chicoteo’ y, aunque agotador, es de lo más desestresante. Toda una terapia esto de untarse las manos con tierra y practicar el lanzamiento con la fuerza adecuada para que permanezca. Todo esto y mucho más aprendí en unas horas junto a Camilo, arquitecto residente y especialista en construcción en tierra desde hace más de 10 años.

img_8728

Casualmente, al momento de subir a Belén y disfrutar de esta experiencia, estaba leyendo un libro sobre un hombre que construye su propia casa, citaré textualmente: “no me canso de admirar la economía y las ventajas del revoque, que protege con eficacia del frío y ofrece un bello acabado”. Víctor Mollo, maestro de obra y especialista en adobe, asimismo me contó que para la casa de la Señora Edith se necesitaron al menos 3 mil adobes. La tierra, paja y agua que hay detrás detrás de cada adobe es inimaginable, como el tiempo y esfuerzo de cada uno de los trabajadores. “Me sorprendió ver la sed que tenían los ladrillos y también la cantidad de baldes de agua que hace falta para bautizar un hogar”[1]. Lo increíble, como dice Víctor, es que todos estos materiales están al alcance de cualquiera, “nosotros no necesitamos comprarlo, lo tomamos”.

Además, en dos de las casas restauradas de Belén se ha aplicado un sistema de drizas que supone un reforzamiento estructural para construcciones en adobe. Es el propio Pío y Camilo a quienes escucho hablar por primera vez sobre esto. Algo bien innovador en la región. “Consiste en un sistema de cuerdas que envuelven los muros de manera vertical y horizontal, a distancias que dependen del tamaño de los adobes, conformando una malla que asegura que los muros de la vivienda no colapsen en el caso de un sismo de gran envergadura”. Lo cual resulta idónea para esta zona que se ve sometida a temblores cotidianamente. Este sistema se había aplicado en Chile únicamente en la Iglesia de San Pedro de Atacama en el 2014 y ahora en Belén. “Es una alternativa innovadora y factible no sólo para proteger la vida de sus habitantes sino también para preservar el patrimonio de diferentes culturas constructivas presentes en el país, así como también cultivar los oficios tradicionales que muchas veces se dice que están olvidados”.

Personas: la esencia de la restauración

El proyecto de restauración de fachadas, que ya llega a su fin, es el resultado del esfuerzo, trabajo y experiencia de un grupo de personas que con harta energía y empeño han logrado dar vida nuevamente a la Iglesia de la Candelaria (perteneciente a la Ruta de las Misiones), así como a más de 40 casas e inclusive la ampliación de la propia plaza.

Dorita, la única mujer que participa en la obra en Belén como Asistente de Obra, cuenta como la oferta de trabajar en el proyecto “fue un escape”. Llevaba 22 años sin trabajar dedicada a la crianza y educación de sus hijos y el hogar. Y, aunque el  formato de trabajo implica estar 10 días en Belén por 5 de descanso, reconoce que no ha sido “pesado ni duro”. “La obra es fabulosa, impagable”, relata con admiración. Y reconoce que ha aprendido mucho, “sobre todo nombres de herramientas, sus usos, terminología. También en cocina”. Si llueve ahí está ella con un tecito para regalonear a los compañeros, su bebida fresca en días de calor y harta fruta. Rodeada de hombres asegura que aunque “ha habido algunas diferencias, el respeto siempre está”.

Curioseando entre los muros de adobe de una de las casas prototipo restauradas me encuentro con Pío, maestro de obra con más de 40 años de experiencia en restauración. Amablemente y con harto entusiasmo me invita a conocer el trabajo que han realizado. “¿Quieres pasar?”, me pregunta sonriente.  Y mientras entro a una de las habitaciones construidas me explica cada detalle de su construcción.  Viene de Cuzco donde aprendió todo lo que hoy vuelca en las fachadas de Belén. ¿Y cómo? Observando. “Aprendo rápido”, afirma inmediatamente. También me cuenta con orgullo de los colores de las fachadas: “nosotros no compramos la pintura. He encontrado verde y rojo, nada más. Después hemos buscado y encontrado también amarillo. Lo mezclamos con arena para pulir”. Me muestra los sacos con cada uno de los colores, me incita a tocarlos. Observo sus manos y pienso en todo el arte que hay tras esa piel. También el esfuerzo y conocimiento. Cuántas construcciones históricas restauradas gracias a personas como él.

img_6997_ok

Aprovecho y en un breve descanso lee robo unos minutos a Víctor Mollo, maestro de obra y beleneño. Hace esto desde que nació, trabajar la tierra, la construcción. “La gente originaria del altiplano toma esto como una noción y al crecer tomamos los hábitos de nuestros padres. A los años ya tenía las manos en la tierra”, narra con total normalidad, cunado para mí, urbanita, imaginar la construcción de un adobe es algo bien desconocido. Aprendió observando y a “pura práctica”. Participó de la restauración de la Iglesia de la Candelaria, así como de la ampliación de la plaza y sus fachadas. También la Iglesia de Socoroma, sus fachadas y Tacora.  O el templo de Guallatire. Cobija. Y así una larga lista. No sorprende que su primera construcción fuera a los 14 años. Una habitación. “Y a los 18 años me construí una casa de adobe con techo de calamina”, cuenta orgulloso.  Pocos a día de hoy pueden decir que han construido con sus manos el techo que les cobija. Es de adobe, un material con el que está más que familiarizado, “lo prefiero,  es más temperado. Si hace frío está más calentita. Es un material que usaban nuestros ancestros. Por el movimiento sísmico la gente desconfía. El mismo movimiento sísmico es más fuerte en la precordillera y, por lo tanto, los adobes deben ser más anchos para mantener la estabilidad”, afirma mientras conversamos en la plaza.

 

En mis últimos minutos por Belén tengo el honor de conocer a Telmo Sarauz, maestro ebanista. De San Antonio de Ibarra (Ecuador), pueblo ebanista por excelencia, trae en sus manos el conocimiento que le traspasó su padre. Con una gran sonrisa me saluda. En sus manos la tradición del arte de tallar y modelar. Le rapto unos minutos y junto a Jorge, Director del Proyecto, accedemos a la Iglesia de la Candelaria, ya restaurada y convertida en Museo. En su interior, en el altar, se alza el retablo elaborado por Telmo. Sobrecogedor. Cientos de detalles tallados en madera de cedrón. Todo nace de su imaginación siempre vinculándolo al imaginario de la zona. En él está representado el Espíritu Santo, flores cuadrifolias, maíz, tomates y otros frutos de la tierra. Y, por supuesto, la Virgen. Telmo debe volver al trabajo, son los últimos días del proyecto y el área de carpintería no para: ventanas, puertas…tiene que quedar todo listo. Se despide. Estrecho su mano y no puedo dejar de sentir cuánta experiencia hay en cada pliegue de su piel. Él dice que se demoró un año y tres meses en realizar el retablo. Jorge después me cuenta que fueron dos años. Todo ese trabajo está ahí. Se puede ver. Sólo hay que llegar a Belén y pedir las llaves de la Iglesia a sus pobladores. ¡Hay que puro ir!

Gracias a Jorge, Director del Proyecto, y las compañeras de la Fundación, pude ir a Belén y conocer a algunas de las personas del equipo. Increíble experiencia. El propio Jorge reconoce que prefiere el sur, pero sin duda, lo que le motiva es el proyecto en sí. “El Plan General es lo que me motivó a estar acá. El proyecto en sí mismo”. Desde luego su quehacer diario no se parece a ningún otro trabajo. “No es el típico trabajo, es más cercano. Un lugar muy agradable para trabajar”. Lo dice mientras vamos en el auto disfrutando de unos paisajes de alucine. Todos le conocen. Pueblo en el que paramos, personas que le saludan amistosamente. Después de dos años trabajando en la zona ya es uno más. Con cada una de las personas que conversé se nota ese amor y pasión por lo que hacen. Envidiable.

De regreso a la ciudad de Arica vuelvo a deslumbrarme con el cambio de temperaturas y ecosistemas. Choque brutal: en Arica un calor y una humedad insoportables, desierto y tierra; en los pueblos de la precordillera y el altiplano temperaturas otoñales, niebla densa y lluvias intermitentes, terrazas verdes llenas de orégano y volcanes nevados en el horizonte. Todo eso en tan sólo unos kilómetros. Siento que apenas he saboreado un poco de esta tierra y ya me tiene desbordada. Demasiado que conocer y aprender. Queda mucho por explorar y descubrir y por suerte esto sólo es el principio.

img_6926_ok

Nota: Descubre todo sobre la magia de estos pueblos en esta Guía de Viaje.

 

 

[1] Thoreau, Henry D., “Walden”.

Advertisements