Capítulo II: Punta Arenas

Salí de Ushuaia como yo quería: caminando. Lo había logrado. Echar a andar sola. Cargada como iba con mi aparatosa mochila no tardé mucho en cansarme. Decidí parar y hacer dedo. De inmediato paró un camión de esos que transportan autos, pero estaba sin carga. Era Luis. Fueguino de unos cuarenta y tantos años. Ojos azules, boina y guatoncito. Todo el viaje conversando (unas 5 ó 6 horas más o menos). Paisajes espectaculares. Mucho mate. Vistas de la Pampa y el Atlántico. Y al fin Río Grande: ciudad inhóspita y ventosísima.

Recuerdo que Luis me dio mucha confianza, pero iba cargada de miedos. Miedo a que quisiera hacerme daño, llevarme a otro lado, etc. En el aeropuerto de Ushuaia había caleta de afiches alertando de la trata de personas, fotografías de niños, niñas y sobre todo mujeres desaparecidas. Eso no me daba mucha confianza que digamos. Así que cada vez que Luis detenía el camión a un lado de la carretera temía desaparecer. Y en realidad sólo lo hacía para calentar más agua en la pava y ofrecerme más mate. En una ocasión me avisó que se detendría en un pueblo a revisar el auto de un amigo. Se había estropeado y él tenía nociones de mecánica. Bajé con él, nos acercamos a una casa y cargamos el auto en el camión para buscar los repuestos en Río Grande. Pero todo el tiempo pensaba que era una emboscada y que aparecerían más de sus amigos y no podría zafarme. Era inútil controlar mi miedo, intenté controlar mi respiración. Me repetía a mí misma que confiara. Pero estaba muy alerta. Todo el rato. Al llegar a Río Grande me invitó a su casa y dudé. Me dijo que su mujer e hijas se habían ido. Dentro no sabía cómo moverme. Ví las fotografías de su familia. Al menos corroboré que no me había mentido. Existían su mujer y sus hijas. Como ven estaba algo paranoica. Me habló de una amiga que acababa de abrir un hostel, que me podía contactar para ir a dormir allá pues en su casa prefería no invitarme: “mis vecinos son muy chismosos y mi mujer muy celosa, seguro que luego le cuentan… Lo siento, yo feliz te recibía”.

Acepté ir a conocer a su amiga. En mi cabeza apareció la frase de Vivi antes de partir de Ushuaia: “recuerda que la mayoría de las personas que se llevan a chicas son mujeres”. Y dije, ‘dale’, verás que este tipo me lleva con su amiga y es ella la que me hará desaparecer. Aún así, seguí confiando dejando mi paranoia al lado. Fue muy raro, en mitad de la calle paró el auto, me despedí de Luis, le pedí el celular o mail para escribirle y agradecerle por todo el viaje y me dijo que prefería que no, por su mujer… Delante estaba estacionada la furgo de Graciela, una mujer de unos 50 años, muy vivaracha y hippie. Hablaba mucho, buena para la conversa. Lo que terminó por relajarme fue que una pareja de franceses también dormiría en su casa, La Casa Azul de Graciela. Así se llamaba el hostel que en realidad era su casa. Lugar más que recomendable.

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En la casa azul de Graciela (Río Grande, 6 de enero de 2016)

Al fin llegamos a la casa. La pareja dormiría en un tipy en el patio de la casa, el viento que soplaba era para volverse locos. La casa sonaba como si fuera un huracán. Graciela nos tranquilizó diciendo que era de lo más común. Así era Río Grande. Preparamos un banquete. Graciela se puso con todo. Estaba encantada de recibirnos. A mí me permitió dormir en el sofá. En principio debería haber acampado. Ensalada, tallarines y hasta una champaña. Brindamos en el rincón más lindo de su hogar con vistas al gran río que daba nombre a la ciudad.  Poco a poco mis músculos se relajaron y pronto me sentí como en casa. Conversamos hasta bien entrada la noche, todo bien místico. Así es ella. Continué conversando a solas con ella con un buen shot de licor café. Le conté de los miedos que había pasado todo el día viajando con Luis (eran compañeros del colegio y se conocían desde hace más de 40 años). E incluso de la desconfianza hacia ella. Me tranquilizó. Me dijo: “está bien ser precavida, es normal. Yo viajé harto a dedo de joven, pero no debes tener miedo, sino lo pasarás mal”. Y esa noche decidí confiar, más aún, en que nada malo iba a pasar. Que si había decidido viajar a dedo no podía hacerlo con miedo, angustiándome y pasándome mil rollos cada vez que subiera a un auto. Para eso viajaba en bus y listo. Debía cambiar el paradigma.

Graciela me motivó a seguir a dedo y para eso se comprometió a acercarme a la mañana siguiente, después de un desayuno maravilloso, hasta la salida de la ciudad donde pasan hartos camiones. Me dejó y a los 5 minutos un camión al lado. Era Javier y venía muy bien acompañado. Ya había levantado a otros dos jóvenes: Agustina y Lewel. También partieron de Ushuaia. Con apenas 23 años sus vidas eran un viaje sin pausa. Viajar a dedo para ellxs era de lo más cotidiano. Fueron las primeras de muchas personas que me sorprendieron por su temprana inquietud y valentía. Salir a caminar así no más, a conocer y descubrir. Y cuánto había tardado yo en tener la determinación para hacerlo.

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En el camión de Javier en un largo camino hasta Bahía Azul.

Fue un camino largo entre ripio y música argentina. Íbamos muy lento porque el camión de Javier iba cargadísimo de turba. Después de casi 8 horas en ruta llegamos a Bahía Azul, lugar donde una barcaza debía llevarnos hasta el continente al otro lado del estrecho. Destino: Punta Delgada. Peeeero por fuertes vientos los cruces se habían suspendido hasta nuevo aviso. Ahí estábamos, ya atardeciendo, en una larga fila de vehículos, sin comida y mucho viento. Javier, nuestro conductor,  era un mujeriego. Tenía una esposa en cada puerto y también un montón de hijxs con cada una. Mascaba coca sin parar. Usaba lentillas de color azul, era moreno y tenía el pelo crespo. Sus antepasados eran húngaros y él decía sentirse un gitano. Un personaje muy amable. Nos llevamos bien. Era divertido y apabullante escuchar sus historias. Salimos a dar un paseo para intentar averiguar a qué hora saldría la próxima barcaza. Y entre paso y paso Lewel se encontró con unos amigos que iban en su auto. Fuimos unos chaqueteros, nos despedimos de Javier y nos apretujamos en el auto Agustina, Lewel y yo. La barcaza salió a la mañana siguiente. Pasamos la noche en el auto con mucho frío y bastante incómodos, pero felices de llegar a Chile.

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Agustina, Lewel y la conductora del auto. Adiós Tierra del Fuego (8 de enero 2016)

La verdad es que no tenía nada programado. Llegamos a Punta Arenas. Lewel me comentó que ellos irían a casa de una familiar que les recibía por unos días. Me invitó y acepté. Seguí con miedos: a estar sola, a no saber a dónde ir, etc. Aún no era el momento de independizarme. Entonces llegó Karina, una mujer hermosa de pelo negro, mirada intensa y rasgos arabescos. Ella nos recibió en su casa junto a su familia: su esposo Peyo; su hijo Pipe y la pequeña Panchi. Vivían en una casa algo alejada de la ciudad. En mitad de un terreno vivían con energía solar, un tanque de agua y un horno de barro. Nos recibieron con cazuela de pollo. Exquisita. Fueron inicialmente días extraños e intensos, pero de a poco se tornaron familia. A los días Agustina y Lewel continuaron su viaje. Yo pretendía quedarme al menos dos semanas más allá pues mi próximo destino era Puerto Natales donde me reuniría con mi hermano y mi cuñada.

Gracias a mi no programación calculé muy mal y tenía muchos días hasta que llegaran sin saber muy bien qué hacer. Como caída del cielo, una noche, mientras veíamos una peli todos juntos y en familia, la suegra de Karina, Suni, me dijo: “tú te vienes a mi casa”. Dicho y hecho. Al día siguiente estaba en su casa con habitación privada con colchón, netflix, conexión wifi, mate con cedrón y con los mejores: Suni y su marido Peyo. Me acogieron sin preguntas. Fueron días de ricos desayunos, almuerzos y cenas. Sí, comí muchísimo y muy rico. Lo mejor, tomar mate con cedrón fresco del patio junto a Suni. De a poco conocí al resto de la familia: sus hijas, sus compañeros, sus hijos… Y así me convertí en una más. Aproveché también de hacer averiguaciones sobre algunas rutas. También de comprar lo necesario para Torres del Paine, etc. ¡Incluso me dieron mi propio juego de llaves!

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Camino a Cabo Froward, Estrecho de Magallanes (17 de enero 2016)

En estas semanas disfruté caleta de estar en un hogar rodeada nuevamente por el calor de una familia como ya lo había sentido en Ushuaia. Me dieron a probar lo más rico de la zona. Recuerdo una noche en que salimos de fiesta todas las chicas a celebrar un cumple no sé de quién, pero la pasé la raja. No había tomado alcohol en lo que llevaba de viaje, en parte porque no es algo que me encante, pero sobre todo porque temía perder el control. Pero como ahora estaba rodeada de pura gente que me cuidaría, me solté. Ellas se encargaron de ponerme un mojito tras otro. Eso, música y listo. Bailamos desenfrenadas, incluso terminamos arriba de una mesa. Recuerdo también una tarde en el terreno de Karina y Peyo. Hicieron unas brasas y tiraron unas machas y también choritos. Cuando empezaban a abrirse las tomábamos y echábamos mayo. Deliciosas. La Panchi, la hija pequeña de tan solo 5 años, me llevó en quad por todo el terreno, era una máquina. Atardeció y apareció la luna. Fue hermoso. Y, por supuesto, la ruta a Cabo Froward que me dejó fascinada. Así pasaron los días hasta que decidí retomar mi rumbo camino a Puerto Natales. Me despedí y partí. Justo el esposo de una de las hijas de Suni viajaría en su camión hasta Natales, así que aproveché.

 

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