Capítulo I: Ushuaia

El día 20 de diciembre de 2015 comenzó un viaje que me cambió por completo.

En realidad fue unos días antes de mi vigésimo séptimo cumpleaños, los primeros días de septiembre de 2015, cuando mi compa de vida durante los dos últimos años me comentó sobre su decisión de estar solo y partir a un viaje sin fecha de regreso.

No, mejor dicho, todo empezó él 4 de julio de 2012, cuando aterricé en Santiago de Chile.

O más bien en junio de 2010 cuando experimenté lo que era vivir en otro país de forma independiente y muy lejos de casa, esa vez me acogió la bella airosa, la ciudad de Pachuca (México), la más linda.

Aunque, si lo pienso bien, puede que todo se remonte a un martes 13 de septiembre, allá por el año 88 en Ituzaingó (Buenos Aires) a pocos días del estallido de la primavera. O incluso antes…

Lo cierto es que desde hace un año algo cambió. Cambió justamente la forma de entender de dónde vengo, dónde empieza todo. Si empiezo a hilar lo que me ha llevado hasta aquí y me agarro a ese hilo con las dos manos intentando buscar el inicio, ¡quizá hasta dónde llegaré!

Pero comenzaré por los primeros pasos que me llevaron a intentar desenredar ‘algo’. Eso que no tenía nombre entonces y que tampoco lo tiene ahora, pero que poco a poco empieza a rodearse de nuevas preguntas, respuestas diferentes, claridad de a ratos así como nubes negras por momentos. Así que tomaré ese hilo a partir del 20 de diciembre de 2015 cuando con una mochila monstruosa y una maleta de mano me subí al Centropuerto de Santiago algo ebria para llegar al Aeropuerto y volar rumbo al Fin del Mundo. Fue un proceso intenso el que me llevó a este punto: separarme de la persona que más quería; dejar el hogar construido, las amistades, el trabajo, la ciudad que me acogió por más de 3 años; venderlo todo o casi todo. Pero al fin creí estar con lo justo y necesario.

Subí a ese bus camino al aeropuerto cargada de amor, mucho miedo, algo de angustia y la dosis exacta de adrenalina y mucho sueño. Eso hizo que después de unas lágrimas cayera en un profundo sueño. Dormí en el bus al aeropuerto. También durante el vuelo a Buenos Aires donde hacía escala y…¡No! El vuelo hasta Ushuaia lo hice con los ojos bien abiertos. Qué paisaje tan espectacular…Menos mal que ya había dormido lo suficiente.

Mis recuerdos de Ushuaia estaban basados en las fotos que mis padres me mostraron ya hace años de aquella tierra lejana a la que se escaparon de vacaciones. Recordaba el blanco de los glaciares y el azul del cielo. Tanto me impactó que acabé haciendo un monográfico en el colegio sobre su flora y fauna.  Más tarde, en Santiago, conocí a la que se convirtió en una gran amiga y, ¿adivinan? Era de Ushuaia. Es por eso que llegué a esta ciudad invitada a pasar las fiestas con ella y su familia.

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El viaje apareció sin más ante mi. Si lo hubiera planeado con anticipación no habría salido tan bien. Lo único que supe es que quería ir a caminar a Torres del Paine. A peregrinar sin más compañía que la naturaleza. Luego me daría cuenta que justamente los senderos de Torres no son quizá ese lugar solitario que una se espera debido a la afluente llegada de turistas y viajerxs. Pero no importa. El caso es que Vivi, mi amiga ushuaiense, al preguntarme por mi destino me lo puso aún más fácil: “Deb, y por qué no te vienes a casa, pasas las fiestas con nosotros y después ya te vas a las Torres. Te queda de camino…”. Y este fue el primer cambio acertado. Después descubriría que de nada sirve planificar, que todo cambia a cada paso, el sendero se marca caminando, no pensando.

Así fue como marqué mi primera ‘x’ en el mapa: ¡Ushuaia, allá voy! El 20 de diciembre aterricé en Tierra del Fuego. Allí estaba Vivi y su padre que vinieron a buscarme. Nos esperaba, como no podía ser de otra forma, un exquisito asado. Fue como regresar a un lugar desconocido. Un hogar precioso, cálido, con mi propia habitación. Me sorprendió la luz. Horas infinitas de luz y muy pocas de oscuridad. También las montañas, gigantes, nos rodeaban por toda la ciudad. Y el silencio. Absoluto. Una calma brutal. Cambia el ritmo, el aire, el paisaje, las personas…Disfruté de todo esto durante casi 3 semanas. Los padres de Vivi me hicieron sentir una más de la familia. Conocí la ciudad de la mano de una niña que me contaba de sus aventuras para llegar al cole cuando las calles estaban llenas de nieve y hielo; cómo era ir al cine en el fin del mundo o los senderos que en apenas unos pasos te llevaban hasta glaciares y bosques solitarios y llenos de nuevos sonidos.

Hicimos varias rutas a lagunas y glaciares; solas, con sus amigas y otras veces fui por mi cuenta, siempre contando con el apoyo incondicional de sus padres que me acercaban amablemente al inicio de la ruta (muchas partían de un caminito desdibujado en mitad de la única carretera de la isla). Así fue como camino a la Laguna Esmeralda, en la que fue mi primera ruta sola, acabé calada hasta la cintura en los primeros 30 minutos. ¿Cómo? Muy fácil. Iba atontada mirando el paisaje: una montaña, todo verde, caballos, un río…Tenía que saltar un riachuelo, vi que había un tronco sobre el agua y lo pisé para saltar hasta la orilla opuesta. Pues resultó ser un tronco flotante y el riachuelo algo más profundo de lo esperado. Me mojé hasta la cintura.Todo por mirar al caballo. Me reí por no llorar. No podía ser tan torpe. En fin, me senté y evalué los daños: botas completamente empapadas, calcetines como bayetas, sin repuestos y con toda la ruta por delante…

Escurrí los calcetines, vacié el agua de las botas, me remangué los leggins y seguí caminando. Logré llegar hasta el glaciar, cayó agua nieve, no pasé nada de frío sorprendentemente, pero eso sí, aprendí que hay que llevar repuestos por si suceden estas cosas, pero más aún, ¡que hay que mirar donde pisas! Ir más atenta al sendero, eso evita casi cualquier altercado. Para volver a la casa hice dedo. Al llegar descubrí que la humedad de las botas que albergaban mis pies los había blanqueado. Estaban tan blancos y arrugados como cuando te pasabas horas en el mar o en la bañera compitiendo por quién tenía la piel más rugosa. Ni que decir que el reciente tatuaje que anidaba en mi empeine parecía un fantasma y temí por su desaparición.

También hubo tiempo para el descanso. De hecho, la mayor parte del tiempo la pasé comiendo: mate para desayunar, unas galletitas. ¡¿Sabían que Argentina es el país con mayor variedad de galletitas del mundo?! ¡Ea! Frutos secos, dulces típicos de la fecha (maní recubierto de chocolate, mantecol, alfajores…) Además de las maravillosas facturas, esos pastelillos que le vienen al pelo al mate. Concretamente los ‘vigilantes’, ¡qué simples y qué ricos!. Sin ningún relleno. Sólo masa y azúcar. Mmmmm… La mayoría de estas comidas me son bastante familiares, lo que tiene ser hija de padre y madre argentinxs.

Otras veces me quedaba sentada en el sofá leyendo. Entre los cientos de libros que habitaban la casa encontré uno que me pareció ideal: “El último confín de la tierra” de E. Lucas Bridges. La historia la escribía uno de los primeros misioneros que llegó a estas tierras y conoció a los yámanas que habitaron Tierra del Fuego y que más tarde fueron erradicados. Me ayudó a contextualizar. Con las prisas y la intensidad de las emociones apenas pude estudiar un poco antes de viajar. Bueno, en realidad, suelo ser bastante desastre para curiosear antes de viajar, así que siempre acabo descubriendo y aprendiendo por el camino. O me suele acompañar alguien que hace esa pega.

Aunque los primeros días fueron de absoluta confusión (¿qué estoy haciendo?, ¿por qué estoy aquí?) y nostalgia, poco a poco fui armando un programa de actividades. Entre ellas, decidí que no podía irme de Ushuaia sin visitar el Parque Nacional de Tierra del Fuego. Había leído que era inmenso y tenía varios senderos. Miré el mapa y aposté por el de mayor dificultad, era el ascenso al Cerro Guanaco. Me lo tomé como un entrenamiento para mi visita a Torres del Paine. Y también de lo que sería el resto del viaje. Las premisas del viaje eran 2: viajar a dedo y caminar por la naturaleza. Así pues decidí comenzar el entrenamiento el último día del año.

El 31 de diciembre desperté, armé mi mochila con agua y algo de comida (fruta, frutos secos, un sándwich y un chocolatín) y salí caminando rumbo al parque, estaba a unos 20 km. Caminé durante casi una hora hasta la salida de la ciudad. Me daba vergüenza hacer dedo. Increíble. Así no iba a llegar a ningún lado. Pero, ¿vergüenza de qué? Menuda tontería. Me planté en la carretera y levanté el dedo. En apenas unos minutos paró un auto. Tomé hasta cuatro autos más hasta que llegué al inicio del sendero. Un hombre que iba a jugar golf; otro con su hermano y su hijo que iban a acampar al parque para iniciar el año; unos padres con su hija de apenas 1 año a quien querían acostumbrar a que viera subir gente desconocida al coche… Sí, sí, me dijeron, después de preguntarme mi nombre: “Débora, te presentamos a nuestra hija Paula (que estaba en los asientos traseros junto a mí mirándome con cara de romper a llorar y mucho miedo), queremos que se acostumbre a ver subir a otras personas. ¡Salúdala hija!”. Casi consigo que me sonría. Me comentaron que ellxs casi siempre habían viajado haciendo dedo, lo que había cambiado desde que tuvieron a su hija.

El inicio del sendero no pudo hacerme más feliz. Partía junto al Lago Roca. El día estaba nublado, pero no hacía frío. En el horizonte montañas y más montañas. El camino iniciaba por un bosque lleno de flores, arbustos y árboles gigantes. Todo olía a verde y a vida. Llegué a un cartel que anunciaba el horario recomendado para subir. No era recomendable subir después de las 12 pm. ¿Y qué hora era? 12:05. Cabe tener en cuenta que eran mis primeras caminatas en solitario. Me tomaba muy en serio las recomendaciones pues seguramente había millones de factores que no contemplaba. El cartel también decía las horas estimadas hasta la cumbre del cerro, aproximadamente 8 hrs. Y entonces comprendí que quizá era tarde para intentarlo. Además el desnivel total ascendía a 900 msnm. No tenía ni idea de cuánto era eso. No tenía con qué compararlo. ¿Eso era mucho o poco? Decidí empezar fuerte, casi corrí. Era una cuesta brutal entre un bosquecillo hermoso. Pero estaba deseosa de caminar y quería recuperar esos 5 minutos que me distaban de cumplir con la recomendación del cartel. Adelanté a una pareja, no paraba de sudar, pero me gustaba la sensación. Al principio el corazón estaba muy agitado, pero luego se acompasó, después de una hora y media llegué a una panorámica espectacular. Había algunos extranjeros comiendo algo y charlando. Como mi inglés es tan malo no me animé a preguntar si subían o bajaban para investigar un poco más del resto del sendero. Pero justo llegó un chico, estaba bajando. Le pregunté cuánto quedaba, sobre la dificultad…Me respondió que la ruta era algo dura, la parte final del camino no estaba muy bien demarcada y había mucho barro por el deshielo en algunas zonas. Prueba de ello eran sus botas con una costra inmensa de tierra. Se le notaba en la cara que estaba agotado. Pensé que podría quedarme ahí, las vistas eran bonitas e igual seguir era arriesgar mucho. Si ese chico que tenía pinta de experto con su mochila de montaña y su bastón estaba cansado, yo podía morir intentándolo. Sí, soy un poco exagerada. El caso es que un grupo de boyscout aparecieron justo en ese momento y seguían rumbo a la cima, así que pensé que podía continuar un poco más, total, ya no estaba sola. Podía devolverme cuando quisiese.

Después de otros 45 minutos, adelantando a la tropa de scout, me encontré con dos mujeres de unos 50 años, australianas. Nos encontramos en un bosquecillo lleno de ramas y troncos sobre un océano de barro y fango resbaladizo. Me dijeron que aún quedaban zonas peores, pero que merecía la pena llegar a la cima. Continué. En algún minuto perdí las marcas del sendero. Estaba todo lleno de barro y miré hacía la que suponía era la cumbre del Cerro Guanaco. Quedaba harto y no parecía muy bonito. Me senté. Saqué mi sándwich dando por finalizada la aventura.

Entonces vi llegar a un joven con su hermana, eran más jóvenes que yo. Iban sin botas de montaña, con zapatillas normales y estaban excitadísimos por haber alcanzado la cima. Me dijeron que no podía perdérmelo y les hice caso. Me motivé y continué, me indicaron más o menos por dónde llegar. La nieve se había derretido y la llanura que antecedía la gran pendiente a la cima era casi un lago. Y bueno, la subida era sobre la nieve. Intenté seguir unas huellas para asegurarme que no me hundiría. A lo lejos observé unos puntitos. Había más personas por delante, eso me tranquilizó. No era la única que incumpliría la recomendación del cartel.

img_3950Subí sin descanso. Después de la zona de nieve vino casi una hora de piedra laja. Era muy empinado y resbaladizo. Pero me sentía exultante. A fin de cuentas lo iba a lograr. Llegué. Había 4 o 5 personas. Las vistas eran alucinantes. Eran solo 900 msnm pero a mi alrededor todas las montañas tenían esa altura o eran más bajas, por lo tanto, estaba en lo más alto y veía todo: la cordillera, el Canal de Beagle, la propia ciudad de Ushuaia… Impresionante. No podía parar de sonreír. Seguí por el risco hasta lo que creí el final del sendero. El resto de personas que habían subido se sentaron a descansar y a comer algo. Y cuando ubiqué ese palito que define que has llegado a la meta en las montañas, ahí estaba. ¡Mierda! ¡¿Qué es eso?!, ¿es un lobo?, ¿un zorro?, ¿será peligroso?

Un cuadrúpedo de piernas vigorosas, hocico prominente y pelaje gris estaba frente a mi, calculo que a unos 10 metros. Quedé paralizada. Él también. Me miraba fijamente. Sus ojos, como su pelo, eran de un gris intenso. Casi azul. ¿Qué hacer? Soy la persona menos campestre. Me vino a la mente la frase recurrente de una amiga: “te faltan campamentos”. Y así era. Me había informado de qué debía hacer ante la presencia de un puma, pero…no era un puma obviamente. ¿Qué hice? Mirarlo. Primero me quedé embobada mirándolo. Me asustaba, pero me encantaba a partes iguales. El corazón palpitaba tan fuerte que pensé que lo estaría escuchando y sabría que tenía miedo y me atacaría. Así que bajé la mirada. Empecé a caminar hacia atrás lentamente, pero el terreno era muy irregular y temí tropezar, así que me di la vuelta y caminé manteniendo la calma hacia el lugar donde estaban el resto de personas. Me tenté y miré hacia atrás, me seguía. Y ahí aceleré el pasó. Me encontré con una pareja de extranjeros, me vieron entre pálida y excitada e intenté contarles con mi spanglish lo que acababa de ver. Y corrieron hacia el lugar, pero ya no estaba. Me sentí muy afortunada. Por ese instante. Por esa mirada. Por haber llegado a la cima. Por estar ahí. Por existir. Es una de tantas señales que siguieron apareciendo a lo largo del viaje que me daban la certeza, plenitud y claridad de estar donde quería.

Bajé sorteando charcos, nieve, piedras y barro. Pero estaba tan feliz, que nada podía frenarme. Llegué de nuevo al Lago Roca después 6 horas de caminata. No me dí cuenta de cuánto me dolían los pies hasta que paré. Tiré la mochila, mi compa inseparable, un recuerdo de hace años cuando con mis amigas fuimos como periodistas al Festival de Cine Español de Málaga y nos la regalaron. Sin duda, la mochila más duradera de la historia. Me senté a orillas del lago, me descalcé y metí mis gloriosos pies al agüita helada. Qué placer. Qué paisaje. Me explotaba la cabeza y el alma. No podía sentirme más agradecida.

img_3981Después de jugar con las piedrecitas que formaban la orilla, reponerme del cansancio y el éxtasis de la ruta tomé conciencia de que debía regresar. Estaba a 20 km, eran las siete de la tarde y no tenía coche. Pensé que por esta vez podía gastarme el dinero en uno de esos buses internos del parque, justo había uno. Me acerqué al conductor y le pregunté si podía ir con él. Me dijo que el bus estaba lleno. Y que el resto también. Que se contratan de ida y vuelta. “¿Y tú cómo has llegado hasta aquí?”, me preguntó. No se creía que lo hubiese hecho a dedo. Se rió y me deseó suerte.

Caminé por la única carretera, pasé por un camping, fui al baño y proseguí el camino. Justo frente a mí un auto. Descienden unos chavales. ¡Hablan español! Les pregunto si vienen o van. Ellos llegaban, pero su conductor se devolvía a la ciudad. “Pregúntale a él”, me dicen señalando al puesto del conductor del auto. Desde la ventanilla del copiloto le hablo y accede a llevarme. Se llama Ignacio y durante la media hora que dura el trayecto hasta la ciudad nos contamos nuestras vidas. Estaba desatada. Tenía tantas sensaciones que no paré de hablar: le conté de mi situación, de lo que quería hacer en el viaje, del ashtanga, del aprovechamiento de los alimentos, de la montaña y el ascenso al cerro Guanaco, de hacer dedo, de confiar en las personas y en la naturaleza, etc. También él me cuenta qué hace ahí. Había recogido a esos chavales a dedo hace unos días por la carretera, habían ido de excursión a unas termas naturales y ahora les acercó hasta el Parque. Llegó a Ushuaia hace al menos un año, trabajó cuidando un terreno, se enamoró, se separó, vivió en un coche abandonado cerca de una gasolinera, aprendió de mecánica, trabajó, se compró una furgo y estaba terminando de arreglarla para salir rumbo a Alaska. Nos dimos los datos pues quizá podíamos coincidir en el camino. Nunca se sabe. Y me dejó en la puerta de la casa de Vivi. Fue perfecto. ¡Tremendo último día del año! Sólo podía ser un augurio de las maravillas que seguirían apareciendo en el camino durante el año venidero.

img_4030_okAsí lo demostró el primer día del año. Amanecimos con un sol radiante como pocos en este lugar del mundo. En el jardín de la casa ya estaba todo listo para el desayuno: un termo de casi 2 litros de agua a ‘temperatura mate’. Sí, los hervidores en Argentina tienen varias temperaturas: 60ºC, 70ºC, 80ºC y ‘temperatura mate’. ¡Nunca hirviendo! Había dulces, sillas y yo fui directa a tirarme al pasto. Un pasto precioso lleno de florecillas blancas y amarillas. Todos los que pasaban por la calle y nos veían disfrutando de la mañana nos saludan y felicitaban el año.

Los primeros días del año siguieron en la misma línea: comer rico, descansar, pasear, leer y bueno, ir preparando la partida…Decidí irme el mismo día que Vivi. Ella volvería en avión a Santiago de Chile. Yo saldría a pata por la carretera dirección Punta Arenas. No tenía mapa. Sólo sabía que entre medias y antes de salir de la isla había otra ciudad llamada Río Grande donde podría hacer noche. Ni idea de calcular distancias ni nada de eso. Sólo sabía que tenía que echar a andar ya. Me podía la impaciencia.

Me deshice de esa pequeña maleta de mano, dejé cosas, seleccioné lo que consideraba más importante (en ese entonces) y adquirí algunas imprescindibles como unos calcetines térmicos. La verdad es que no había recaído mucho en la ropa de abrigo, se suponía que era pleno verano, incluso en Patagonia debería hacer algo de calor, ¿no? Pues sí, pero no. Es decir, me tocaron días increíbles, pero la cazadora y la bufanda siempre cerca y en las noches y en carpa…eran necesarios esos calcetines. Fui muy terca y al principio me negué a comprarlos. No era consciente de que, claro, ahora dormía en una casa, con calefacción, cuatro paredes y un techo. Pero en tan sólo unos días mi hogar sería una carpa de tela verde y un saco de dormir. Así que decidí probar mi carpa. Así es, la monté en el jardín de la casa, así aproveché también a calcular tiempo de montaje y recogida, a saber para qué servían tantas cuerdas que salían de todas partes (cortavientos que más tarde aprendí a utilizar), y comprobar qué tan cálida era mi casa. Pasé la noche durmiendo en el jardín y me cagué de frío. Así que inmediatamente agregué unos calcetines térmicos a mi equipaje. Estaba lista.

Ese día despertamos, desayunamos y nos fuimos directos al aeropuerto a llevar a Vivi. Contuve las lágrimas mientras nos despedíamos en la puerta de embarque. No sabía cuándo volveríamos a vernos. Estaba muertita de miedo. Y justo una pantalla de televisión recordaba cuántas mujeres argentinas estaban desaparecidas. Después subimos al auto (los padres de Vivi y yo) y me acercaron a la salida de la ciudad, donde el control de policía, y nuevamente, conteniendo el llanto, les abracé. Me hubiese quedado a vivir allá. Me sentí tan cómoda y querida… Pero había llegado el momento: tenía que comenzar a andar.

Caminé, entusiasmada comencé a llorar. Al fin estaba sola. Lloraba de puro éxtasis. No era tristeza, tampoco alegría, era el inicio de algo que aunque lo había soñado, nunca pensé que me atrevería a hacer. Después de unos segundos de lágrimas no pude parar de sonreír. Me había imaginado caminando sin cansancio hasta llegar a Río Grande (incrédula). A los 15 minutos no pude más con el peso sobre los hombros. Llevaba una gran mochila naranja más la ya conocida mochila ‘malagueña’ por delante. Corría bastante aire, natural de la zona. Busqué un lugar de la carretera sin curvas ni pendientes para hacer dedo.

Y ahí estaba yo, confiando en el universo para que algún alma parase y me llevase a mi destino, pero, ¿cuál era? Daba igual, iría a donde me llevaran y ya buscaría dónde dormir, qué comer o qué hacer. El caso es que ya estaba en ruta y nada me detendría.

 

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