Gentes del Sur

img_3940Cuenta la leyenda que en las tierras lejanas del sur, allá donde la Gran Cordillera termina, se encuentra la gente más acogedora. Tuve la oportunidad de corroborar que así es. Esta es mi historia:

¿Qué es el sur? Para mi es aquel lugar donde el día es muy largo. Donde el aire corre limpio y fresco con olor a nieve y facturas. Donde los glaciares tiemblan y calman tu sed. Y donde las personas te ofrecen mate y cobijo a cada paso.

En la isla de Tierra del Fuego, en la ciudad de Río Grande (Argentina), me paró un camión que transportaba turba. Un gitano húngaro que siempre levantaba ‘forasterxs’ en el camino para hacer más entretenidos los miles de kilómetros de recorrido que le esperaban. Es por eso que no era la única. Dos personas más le acompañaban: un chico y una chica de tan solo veintitantos años que se dirigían a Punta Arenas (Chile). Fue un largo viaje entre ripio y música argentina.

Javi, nuestro conductor, era un tipo afable, grandullón y de sonrisa fácil. Amante de la conducción nos llevó hasta la barcaza que debía llevarnos de nuevo al continente. Llegamos en la tarde y advertimos que tendríamos que hacer noche allí. El fuerte viento impedía las salidas hasta el amanecer. Caminando entre la larga fila de autos que se iban amontonando se encontraron con unos amigos que también iban dirección a Punta Arenas. Nos despedimos de Javi e hicimos noche en el auto de ellxs. Cinco personas en total. Al menos no pasaríamos frío. El amanecer llegó y partimos con la primera barcaza.

Era el primer tramo de mi vida que hacía a dedo sola. El miedo estaba presente. No voy a engañar a nadie. Temor de qué carajo hacer al llegar a la ciudad. Preocupada por saber dónde dormir. Dónde mear. Qué conocer. Mis compañerxs de viaje me lo pusieron muy fácil. Ellxs iban a casa de un familiar y me invitaron a ir. Acepté. Me daba vergüenza pues apenas les conocía. Además ni siquiera habían avisado a sus familiares de que habían incluido a alguien más. En fin…Pero era la mejor oferta que podía imaginar.

Vinieron a buscarnos una mujer y sus dos hijxs. Nos metimos todxs con nuestras mochilas en la camioneta y llegamos al que sería nuestro hogar por al menos unos días. Una casa de madera construida por ellxs en un gran terreno a las afueras. Un lugar increíble. Me recibieron como una más. Al cuarto día mis compañerxs decidieron seguir su camino y bueno, yo me pregunté… ¿A dónde voy ahora?

En los días pasados había podido conocer a parte de la familia. La suegra, al terminar de cenar la noche anterior a mi ‘deshaucio’, antes de dormirme en mi bolsa de dormir en mitad del salón de la casa, me dijo: ‘Tú te vienes a mi casa’. Pensé que sería un ofrecimiento por cumplir, por no dejarme en la calle. Pero no creí que fuera en serio. Además, tenía pensado buscar un camping o hostel. Me parecía un abuso de confianza.

[Y quizá os preguntaréis por qué no seguía yo también mi camino, por qué me quería quedar en Punta Arenas. Pues la verdad era que había quedado en reunirme tres semanas después en la siguiente ciudad a apenas unos kilómetros, Puerto Natales, con mi hermano y cuñada. Pensaba que las distancias eran más largas. Que tardaría más en llegar. Lo que se dice un desastre de organización. Y, además, quería aprovechar de hacer algunas rutas por esta zona austral (como por ejemplo la de Cabo Froward).]

Fui adoptada. La invitación fue real. Me fui a vivir a su casa. Allí pasé alrededor de tres semanas. Desayunábamos juntas. Tomábamos mate. Salíamos a hacer algunas compras. Preparamos almuerzos muy ricos y vegetarianos. Conocí a sus hijas, a sus nietxs y fue hermoso. Salimos a divertirnos por la noche. Bailamos y nos reímos caleta. Cuando decidí hacer la ruta a Cabo Froward hasta me dieron las llaves de la casa para que regresara cuando quisiera. ¿¡Quién hace eso?! Confiaron en mi. Me llenaron de amor. ¡¿Se puede pedir más?! Fue difícil partir. Eternamente agradecida. Así es la gente del Sur.

Esto que me pasó en los primeros días de viaje fue un regalo. Aprendí que hay que dejar que las cosas fluyan. Aprender a ver las oportunidades y tomarlas con los brazos abiertos. A no preocuparse tanto. Todo llega. Un hogar. Agua. Amistades. Familia. Alimentos. Amor. Vamos, lo único importante. Fue también un familiar suyo quien con su camión me acercó a mi próxima parada: Puerto Natales.

Me fui. Seguí mi camino. Pero siempre manteniendo el contacto. Meses más tarde perdí mi celular y descubrí que era el único medio que tenía para contactarles. No tenía correos electrónicos, ni Facebook, ni nada de ellxs. Me entristecí mucho. Pero rebuscando entre las libretitas en las que iba escribiendo encontré su dirección postal. Así que en cuanto me hube establecido les escribí una carta. A la espera de que ojalá llegara y no se extraviara. Y hoy, se que no fue así. Recibí un mensaje vía whatsap. Estamos de nuevo en contacto.

 

 

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