Rodolfo y Carasucia

Lo que más me llena cuando viajo son: gratos momentos en la naturaleza y conocer personas. Rodolfo, con quien apenas crucé un par de palabras fue un referente para lograr lo que hasta hoy día ha sido mi mayor hazaña: llegar a la Cruz de los Mares en Cabo Froward.

Después de alrededor de 3 horas de caminata por la playa llegué al Faro San Isidro (Península de Brunswik). Saqué la cámara para tomar algunas fotografías en uno de los días más espectaculares de la zona. Cielo azul. Nubes blancas y esponjosas. Entre tanto, aparecieron unas ruidosas y divertidas muchachas a quienes fotografié posando alaracamente. De entre la vegetación apareció Rodolfo. Gigante. Ancho. Moreno. Imponente y con un cortante bozarrón. Gritó: “¿Qué hacen aquí? ¿Acaso se han registrado? Turistas… ¿subieron al Faro?, ¿vieron que hay tres peldaños rotos? Es por culpa de gente como ustedes.” Quedé impactada. Las chiquillas también, pero inmediatamente se echaron a reir y entre asustadas y envalentonadas le dijeron: “oye, a mi no me hablas así”. A lo que nuestro personaje respondió justificándose: “bueno, yo hablo así…es por el lugar en el que vivo, no sé decirlo de otra manera”.

Faro San Isidro

Faro San Isidro, Magallanes. Vista desde Bahía El Águila.

Tras esta entrada, quedé como mera observadora. Mientras, las chicas consiguieron sacarle un par de sonrisas. No faltaron las bromitas de las chicas invitándolo a posar con ellas pues, al fin y al cabo, Rodolfo es bastante apuesto. Hombros anchos. Muy alto. Pelo rapado. Mirada muy intensa. Ceño fruncido. Brazos fuertes y algún tatuaje asomando en su cuello y antebrazos. Rodolfo vino a cumplir su pega: que nos registráramos en un cuadernito de hojas de cuadros tamaño cuartilla y así lo hicimos.

Las chicas desaparecieron entre la vegetación. Fue entonces que decidí preguntar: “disculpa, me gustaría ir a Cabo Froward, ¿por dónde sigue el camino a Bahía El Águila?”. Suavizó la mirada. Relajó el ceño y me dio algunas indicaciones, con mucho detalle, para que no tuviera pérdida. “Sólo toma agua en movimiento en los ríos para evitar indigestión; sigue sólo los caminos marcados, no los ‘imaginarios’ (esto sería clave en los siguientes días); etc.” Le comenté que de momento llegaría a Bahía El Águila y en caso de no encontrarme con nadie más me devolvería pues sola no me atrevía a continuar hasta el Cabo. ¿Motivo? Había que vadear algunos ríos en base a la tabla de mareas y era mi primera excursión de más de un día y con mochila y carpa a cuestas. Resumen, como diría una amiga: me faltaban campamentos. Una cosa es lanzarse a la aventura y otra ir directa a la muerte.

Creo que Rodolfo debió verme bastante ‘pardilla’ en cuanto a orientación y me acompañó hasta la bifurcación exacta hacia la bahía: “¿ves ese espacio entre la vegetación?, métete por ahí. Verás dos caminos, sigue por la escalera y recuerda que el camino está marcado, no hagas caso a los caminos imaginarios. En la bahía encontrarás un lugar tranquilo si es lo que buscas.” Y se despidió diciendo: “¡Cuídate Débora!¡Y no olvides avisarme cuando te vayas para saber que todo ha ido bien!”

Mientras me guió hasta el camino correcto, apenas unos minutos, aproveché de curiosear y preguntarle cómo era vivir allí, tan aislado. Con pocas palabras me confirmó que era un lugar muy solitario y que sobrevivía con un pedido mensual de acopio de alimentos y otras cosas. A su lado apareció un simpático perro. Compañero fiel. Del cual más tarde descubriría su nombre.

En los días de ruta siguientes junto a Óscar, gracias al cual cumplí mi hazaña, la misteriosa vida de Rodolfo en el faro, su perro Cara Sucia y sus caminos ‘imaginarios’ nos sirvieron para elucubrar historias e inventar qué haríamos si tuviéramos la oportunidad de vivir en un faro…Así como salvarnos de acabar en cualquier sendero arbitrario desgastando nuestras energías.

También reconozco que sabiendo que pasaría la noche sola en la bahía, me tranquilizaba pensar que mi nombre estaba en ese cuadernito de registro y que si algo me pasaba Rodolfo se alertaría en algún momento. Calmó mis miedos en la que fue mi primera acampada en solitario en uno de los lugares más hermosos. Gracias.

***

Al término de la ruta, tras 4 días de exhausta caminata, Óscar y yo pasamos obedientemente a avisar a Rodolfo que habíamos logrado nuestro objetivo. Aprovechamos entonces de preguntarle por el nombre de su perro (Carasucia) y partimos rumbo a casa (Punta Arenas). Me quedaron mil preguntas por hacerle… De camino un camionero nos acerco a La Virgen, Juan se llama. Y fue él quién arrojó algunas pistas más sobre este ser misterioso. Era del norte. Habían sido compañeros de camión y él estuvo delante cuando le ofrecieron hace casi un año el trabajo en el faro. “Es un hermitaño, era la pega perfecta para él”.

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Con mi curiosidad aún latente, al llegar a Punta Arenas, ya en la casa, decidí googlear su nombre y el de su perro. Así fue como encontré esta nota sobre él y entendí un poco más de esta persona que con su sola presencia reactivó todo mi imaginario creativo.

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Curiosamente, meses más tarde, dos mil kilómetros al norte del Faro, conocí a Krsten. Una joven alemana que viajaba desde hace meses por Latinoamérica. En Cochamó compartimos ruta, experiencias y un baño inolvidable. Ella también pasó por el Faro, conoció a Rodolfo y compartió con él un chocolate caliente.

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