Cabo Froward para principiantes

La primera vez que escuché hablar sobre Cabo Froward fue en Ushuaia mientras esperaba en el banco a cambiar plata. Junto a mi se sentó un chico con pinta de montañero y olor a sudor y tierra. Después de una hora de espera comenzamos a conversar. De Logroño (España), residía en Santiago (Chile) para terminar su tesis sobre energía solar y medio ambiente. Ahora estaba de vacaciones aprovechando a conocer la Patagonia. Amante de los programas de supervivencia en la tele quería realizar la ruta a la Cruz de los Mares al sur de Punta Arenas.

Plantó la semillita y mis ganas de hacer esta ruta no hicieron más que aumentar. En la guía encontré algo más de información. Después le pregunté a google y encontré una gran variedad de foros donde hablaban de la exigencia y belleza de la ruta al punto más austral del continente. Toda una mística entorno a la naturaleza del lugar. Eso, sumado a lo inhóspito y solitario del emplazamiento hacían de ella un sendero bien codiciado para los amantes del trecking. Finalmente, quienes más me ayudaron fueron los compas de Sernatur en Punta Arenas. Especialmente Camila quien me facilitó mapa, mareas de la zona (¡imprescindible!), consejos, referencias de otrxs senderistas, etc. Sin su ayuda no lo hubiese conseguido.

DÍA 1:

Aprovechando una ola de calor poco común en la zona partí. Mi familia de acogida en Punta Arenas me acercó hasta una vencinera, pues la idea era llegar a dedo hasta el inicio del sendero. Existen unos buses que llegan hasta San Juan. Sin embargo, la información y los días y horarios en que salen es muy confusa. En tan sólo unos minutos me llevaron hasta Leñadura y de ahí un pescador me llevó hasta Santa María. Lugar donde inicia el ‘sendero’. No está demarcado, pero simplemente hay que seguir por la costa hasta llegar al Faro San Isidro. La ruta se extiende entre el agua del estrecho, arena y rocas y a la derecha un inmenso bosque de lengas crujiendo por el viento.

La parte inicial del camino es algo desagradable ya que una empresa está construyendo una carretera que llegue hasta el Faro y que más tarde pretenden extender hasta el mismo Cabo. Un descaro. Así que la tala de árboles en la zona forma parte del paisaje tristemente. Eso es sólo durante la primera hora. Para llegar al Faro se suman dos horas más donde se atraviesa la entrada al Monte Tarn, algunos ríos y al fin el Faro. Allí se encontrarán a Rodolfo, con quién deberán registrarse si desean continuar o simplemente conocer el faro. De ahí parte un bello sendero entre el bosque que lleva a la Bahía El Águila donde se puede acampar.

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Bahía El Águila, Estrecho de Magallanes. Enfrente, Isla Dawson.

Es increíble. Pasé mi primera noche de acampada allí. Tuve toda la tarde para disfrutar del paraje. Tumbada en la orilla, junto a  los restos de una antigua ballenera, me dediqué a contemplar. Frente a mi la imponente Isla Dawson, cuyo perfil montañoso destacaba junto al cielo azul y nubes blancas. Algo no tan cotidiano en esta zona austral. Según se iba el sol, ya aparecía la luna creciente. La temperatura descendió y con mucho cuidado hice un fuego. Muchos animales aprovecharon a salir: gaviotas, mamá pato y sus patitxs, algunos salmones saltando del agua…Dormir fue un suplicio. Pasé miedo. Sentía animales a mi alrededor y uno de los obreros de la carretera se encargó de informarme que había pumas y que hacía poco se había comido a una persona… ¡Le odié! Porque en realidad, es bien complicado que un puma se acerque y más en esa zona. Pero el miedo no me lo quitó nadie. Al menos me ayudó a entrar en calor.

DÍA 2:

A la mañana siguiente y tras el miedo pasado, decidí no continuar hasta Cabo Froward. Pasarlo mal no estaba dentro de mis planes. Había esperado encontrar a otrxs grupos en el camino y unirme a ellxs, pero no fue así. Desayuné feliz, disfrutando de un silencio y soledad absolutos. Sin palabras. Comencé a caminar de regreso al Faro y me encontré a un hombre comiendo algo. Nos saludamos. Me preguntó si venía del Cabo. Le expliqué que era la intención, pero me devolvía porque no me atrevía a hacerlo sola. Él también iba hacia allá, al igual que yo no tenía mucha experiencia en rutas de este tipo, pero iba bien preparado: mapa, mareas, comida… Me invitó a hacerlo con él. Yo ya me había hecho a la idea de regresar a Punta Arenas, pasar por el Monte Tarn para no sentirme fracasada y listo. Sin embargo, mi mente rápidamente se dijo: “¿cuántas ocasiones más vas a tener de estar aquí?”. Después de conversar y presentarnos tomé la decisión de continuar. Sin duda, la mejor decisión. Se llama Óscar y es aviador.

La conversación fue muy amena. Y ambos estábamos motivadísimos con la ruta. Atravesamos varias bahías alucinando con lo paradisíaco del lugar. Saber que no había nadie más, la inmensidad del Estrecho de Magallanes a los pies y a nuestras espaldas un bosque tan tupido que ni los rayos del sol lo atraviesan. Paso a paso llegamos hasta una de las zonas más peludas según nos habíamos informado. Eran 3 km de turbal. Justo antes de entrar a esta zona unos chicos que regresaban nos alertaron de la dificultad. Comenzamos por un sendero entre el bosque y atravesamos varios cerros de turba. Siempre esperando encontrar embarrarnos hasta las rodillas, cosa que no pasó en ningún momento para nuestro alivio. Me sentía realmente cómoda por la compañía y por lo espectacular e inmenso de lo que estábamos viendo. Paramos en un mirador. Cerca se veía el río Gennes o San Nicolás. Estábamos cerca y seguíamos con mucha energía. Llegamos al río pretendiendo cruzarlo, sin embargo, la marea estaba muy alta y no tuvimos más remedio que parar, montar carpas, cenar y descansar hasta la próxima bajamar (alrededor de las 14 hrs. del próximo día). No sin antes marcar con un palito la altura actual de la marea para así poder comprobar a la mañana siguiente si había descendido realmente.

Cabe citar que Óscar había partido ese mismo día de Punta Arenas lo que significaba que llevaba alrededor de 12 horas caminando. Así que fue bueno que la naturaleza nos detuviera en nuestra imparable caminata para obligarnos a desacelerar un poco y alimentar al cuerpo ante un paisaje tan brutal y también algo rico y calentito. Yo aún no me creía que lo estuviera haciendo. Pensar que desperté con la idea de llegar a Punta Arenas a dormir en una cama caliente y ahí estaba, en mitad de la nada, tirando la carpa de nuevo, feliz y ansiosa por continuar y compartiendo café y sopa con Óscar, un completo desconocido que a esas alturas ya era un partner más después de haber conversado todo el camino. Antes de dormirnos programamos la ruta del próximo día y advertimos que, si seguíamos a buen ritmo, podríamos acortar la ruta de 6 a 5 días y, en el caso de Óscar, ¡a solamente 4!

DÍA 3:

Comprobamos que nuestras carpas eran resistentes pues durante la noche el viento sopló sin descanso. Su paso por entre la vegetación de la zona generaba un sonido muy fuerte e incluso llegaba a despertarte. Desayunamos y a las 11 hrs., impacientes, fuimos a medir la marea con respecto a nuestra técnica del palito. Así era, había bajado harto. Como un par de metros o más. Sin esperar más decidimos prepararnos. Nos quitamos las botas, medias y pantalones. Todo ello acompañado de un viento impresionante. Atravesamos con las mochilas mojándonos hasta la cintura. El agua estaba helada, pero la adrenalina ayudaba a mantenerse en marcha. Hasta ahora había sido todo muy sencillo. Entramos en calor y continuamos por 2 horas hasta el siguiente río: el Nodales.

La ruta se acortó ya que la marea baja permitió caminar por la orilla pasando por un roquerío. Un chico que encontramos en el camino nos lo había recomendado. También nos avisó que para cruzar el Nodales era mejor adentrarse 300 metros y buscar una marca azul en una rama. No hicimos caso y cruzamos por la orilla mojándonos nuevamente hasta las rodillas. Habíamos cumplido con los tiempos estimados. Ahora sólo quedaba dejar las mochilas en lo que sería nuestro campamento, retomar fuerzas y salir volando hacia nuestro objetivo: ¡¡la cruz de los mares!! Otro grupo de jóvenes nos comentaron que la ruta de ida y vuelta era de 9 horas y que tuviéramos cuidado con volver de noche pues el camino era algo peligroso.

NodalesÓscar cruzando el río Nodales, Magallanes.

Eran las 15 hrs. y salimos sin pausa, pues en el fondo sabíamos que posiblemente volveríamos de noche…Llevamos lo justo: linternas, agua y frutos secos. Esta parte del camino es por la costa. Sin embargo, tras la motivación inicial vino algo de desesperación, pues por más que caminábamos no había señal de la cruz. Atravesábamos bahía tras bahía, riscos, sin encontrar ninguna marca. Hasta que al final la vimos. Con motivación recargada continuamos. El camino estaba lleno de árboles caídos que había que saltar; el suelo pasaba de rocas gigantes y resbaladizas a rocas medianas y pequeñas de todos los colores…Los tobillos acaban bien cansados. También tuvimos que trepar por algunas raíces, atravesar algunas zonas de bosque (mínimas y señalizadas) aunque más de una vez nos confundimos de camino y tuvimos que devolvernos. No más de unos minutos. Aquí el consejo de nuestro amigo Rodolfo vino más que bien: “no sigas los caminos imaginarios”. Sólo aquellos que están verdaderamente demarcados.

Llegamos al fin a la base del cerro donde se alza la Cruz. Comenzamos  la ascensión entre cansados y extasiados por estar allí después de casi 4 horas caminando. Durante gran parte del viaje conversábamos sobre aquellxs que en foros hablaban de haber avistado ballenas y, entre broma y broma, dijimos que estarían esperándonos cuando llegáramos a la Cruz. A mitad de ascensión Óscar se detuvo a sacar una foto de la cruz. Mientras, me di la vuelta y miré hacia el estrecho y ¡allí estaban! Grité. A distancia se veía el agua que lanzaban, también cómo sacaban sus aletas laterales color negro, también blanco. Quedamos absortos mirando la infinitud del mar esperando la próxima salida. Una saltó, mostrando toda su fuerza y explendor. Bello, bello. Sin palabras. Un sueño hecho realidad. Atónitxs no podíamos creer lo que estábamos viendo/viviendo. Para continuar la subida debíamos dar la espalda al mar, pero ninguno quería perderse tremendo espectáculo de la naturaleza… Continuamos minutos más tarde, cuando las perdimos de vista. No sin girar cada segundo para observar si volvían a deleitarnos con sus bailes.

Llegamos a la cruz. Tremenda satisfacción haberlo logrado. Fuerte viento y vistas de ensueño. Imposible de abarcar con palabras o fotografías. El cielo nuboso dejaba colar algunos rayos de luz que atravesaban el paisaje hasta caer sobre el mar. Rayos cuya luz formaba lunares de plata sobre el mar… Óscar me comentó que dentro de la cruz (21 metros) había una escalera metálica por la que se podía ascender. En turnos así lo hicimos. Buscando llegar lo más alto posible. Daban ganas de quedarse allí durante horas, pero sabíamos que la luz ya empezaba a descender y nos tocaba un camino largo y difícil de regreso, aunque con la satisfacción de haber llegado hasta el final.

De regreso volvimos a ver las ballenas, cerca del Mirador de la Momia. Cruzamos los dedos para que, al llegar a esa altura de la costa, aún estuviesen allí. Para lo cual nos faltaba al menos una hora. Aprovechamos a cargar agua de un río y nos supo a gloria. Caminamos a paso ligero y llegamos hasta el Mirador. Aquél donde hace un rato avistamos las ballenas a lo lejos. Y, de pronto, volvieron a aparecer. Todo lo que deseábamos sucedía. Grité de nuevo tomando a Óscar del brazo. No se lo creía, se pensaba que le mentía. Pero volvía a resoplar la ballena. Estaban más cerca. Mucho más cerca. La luz del atardecer las acompañaba. Ya nos daba igual que nos pillara la noche. Nos detuvimos a contemplarlas sin prisa. Con los ojos y todo nuestro ser abierto a la percepción de algo tan hermoso. Era el cierre perfecto.

Caminamos absortos en nuestros pensamientos hasta que nos encontramos con unxs chicxs israelíes. Iban con mochilas enormes. Llevaban cara de cansancio. Eran dos, un chico y una chica. Los adelantamos y a unos minutos encontramos a otros dos. Ya era de noche, sacamos las linternas y nos pidieron ayuda. Necesitaban alguien que les llevara una de las mochilas pues al parecer la chica había sufrido una lesión y no podía seguir avanzando con tanto peso. Óscar se ofreció. Estábamos a tan sólo un kilómetro. Llegamos sanitos y muertos de cansancio. Localizamos las mochilas, armamos campamento y algo caliente de cenar. Después, directos a la carpa. Fue un sueño profundo y placentero.

DÍA 4:

Despertamos y desayunamos. Para este momento ya me había quedado sin comida. Ni frutos secos, ni pan, ni queso. Sólo unas sopitas. Óscar, muy previsor, había llevado comida para un día de más y me convidó durante todo el viaje. Así desayunamos muy ricamente una avena instantánea con sabor a manzana y canela que estaba buenísima junto a un café y mate. Eso y una barrita de cereal. El desayuno perfecto para salir a atravesar el Nodales de nuevo. Esta vez investigamos mejor y descubrimos la señal azul de la que nos habían hablado. Efectivamente se atravesaba en marea baja y tan sólo te mojabas los pies. Nosotrxs quisimos colaborar y pusimos una señal con cinta metálica con una carita feliz. ¡Ojalá le sirva a alguién! Del otro lado está la marca azul 🙂

Atravesamos el río casi 2 horas antes de la bajamar. Para alcanzar a llegar al Gennes con su punto máximo de bajamar. Así fue, pero nos mojamos hasta casi la cintura nuevamente. Luego, observando a una pareja, vimos como adentrándose al mar, aunque el recorrido fuera más largo, podías cruzar apenas mojándote los pies. Cuestión de observar, probar… Nuestra idea era llegar hasta Bahía El Águila. Y así lo hicimos. También encontramos un refugio tras el río Yumbel. Un lugar buenísimo para dormir y refugiarse del viento. Aunque algo desgastado y sucio, eso sí. Fue un placer ver el Faro (San Isidro) de vuelta. Para colmo, estaba la luna (casi llena) justo encima, dándonos la bienvenida.

la ultima cena

Última cena en Bahía El Águila con Óscar

Montamos carpa, hicimos fuego y cenamos y conversamos hasta que oscureció. Al día siguiente ya se terminaba todo. Lo habíamos logrado. Estábamos cansadxs pero muy satisfechxs y contentxs con todo lo vivido. ¡Al menos yo! Toda una hazaña. Un sueño.

DÍA 5:

Despertamos ante un paisaje de locura. El mar estaba completamente calmo. Un espejo. Desayunamos. Conversamos de películas, lugares, personas y recogimos todo. Muy tranquilos y con calma, pasamos por el Faro. Nos despedimos de Rodolfo y Carasucia y partimos dirección a Santa María. El camino se me hizo largo. Mi espalda ya estaba resentida y uno de mis tobillos también dolía. Alcanzamos el asfalto. Allí nos encontramos unos camioneros que traían tierra para la construcción de la carretera. Prometieron llevarnos a la vuelta. Seguimos caminando y después nos recogieron. Nos llevó hasta La Virgen, lugar donde se marca la mitad de la extensión del territorio chileno, incluyendo la Antártica. La idea era llegar a dedo hasta casa. Así que seguimos caminando. Apareció un cartel que anunciaba empanadas de centolla y camarones…Nos tentamos y decidimos pasar por la cafetería del ‘Fin del Mundo’ donde Odette nos sirvió unas exquisitas empanadas.

Al salir, a pocos pasos, una familia nos recogió en su camioneta. También estaban comiendo en lo de Odette. Y, para más sorpresa, nos llevaron hasta la puerta de casa pues resulta que los todxs éramos vecinxs. Había salido todo redondo. No cabía en mí de orgullo. Nos despedimos en una esquina en Las Naciones, agradeciéndonos mutuamente tan grata compañía y apoyo. Conocer a una persona en tales circunstancias hace que te conozcas de manera más intensa y excepcional. Compartes todo en muy pocos días. Hermosa experiencia. Antes de separarnos, Óscar me regalo dos grandes cosas: su aislante inflable (que me ha salvado la vida durante el resto del viaje) y un frontal. Gracias por todo.

FIN

NOTA: era la primera vez que hacía una ruta de varios días. Tampoco había acampado sola en la naturaleza y menos cargado con una mochila con alimentos y lo necesario. Por eso acoto que hasta un/a principiante puede lograrlo. ¡Ánimo y láncense sin miedo a la aventura!

 

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