¿Cuestión de ‘suerte’?

Desde hace años que empecé a sentir que algo especial me protegía. Al principio no le di mucha importancia. Pensé que era casualidad. Que estaba justo en el momento indicado. Que le podía pasar a cualquiera. Creo recordar cuándo empezó todo: en el periódico salió el anuncio de un sorteo de unas entradas al teatro. Se trataba de ‘El Método’. Había que enviar un sms (¡qué antigüedad!) para participar. Lo hice y gané. Invité a mi padrino al teatro y fue bacán. Después, me lo creí, y seguí participando. Y continué ganando entradas al teatro, al cine, etc. Después de esta oleada de buenas nuevas me colgué la mochila de la ‘suertuda’ y todo lo bueno que me pasaba lo empecé a guardar ahí. Tanto es así que ahora puedo contar mil y una anécdotas que lo corroboren.

hoy

Foto de Lugar Citadino.

En realidad esta seguidilla de casualidades me hizo creer que todo era posible, ‘Y hoy, ¿por qué no? (como reza uno de los carteles luminosos más antiguos de Santiago Centro). En la mayoría de los casos, ahora, viéndolo con cierta distancia, me doy cuenta que me envalentoné, le eché cara a cosas que antes ni hubiese imaginado y todo comenzó a pasar. Es eso no más, tener ‘morro’, ‘echá pa’lante’. Total, el NO ya está asegurado. No se pierde nada por intentarlo. Bueno, eso y que muchas de las situaciones que metí dentro de mi mochila eran bien absurdas, que ocurrían más bien por ser despistada. Es decir, por ejemplo, todo lo que perdía (por cabecita loca), acababa apareciendo o trayéndome algo mejor.

¿A qué viene todo esto? Pues que me di cuenta que durante el viaje he tenido la tremenda ‘suerte’. Porque ha habido momentos en los que pensaba. Ya, ¿y qué más? ¿De verdad me está pasando esto a mí? Cagarme de la risa y dar las gracias al universo por conspirar de esta manera a mi favor.

Por ejemplo, bajar de un bus con mi macuto, empezar a subir la montaña donde pasaría al menos 3 noches en mi bella carpa y darme cuenta media hora más tarde que perdí las varillas. Esas que dan estructura y firmeza a esas lonas impermeables que conforman la tienda. Sin ellas ‘ciao’ carpa. ¿Reacción? Devolverme corriendo cerro abajo cual cervatilla asustada revisando a cada paso si se me cayeron de la mochila o qué; pasar por los mismos lugares que minutos antes había paseado, para después darme cuenta que, muy posiblemente, las había olvidado en el bus. Llegar a la terminal. Hablar con la encargada. Que te diga que el bus se fue hace unos minutos. ¿Qué hacer? Por suerte iba acompañada por mi hermano y mi cuñada, así que tendríamos que dormir los tres en la misma carpa por un par de días. Volví a subir a la montaña, pasaron los 3 días, las 2 noches y regresé a la terminal de buses. Y allí estaban las varillas. Las habían devuelto con el bus. A mí me parece que tuve mucha suerte…Aunque, ¿quién se iba a robar unas varillas si están hechas a medida para cada carpa? También es cierto…

Otra, pocos días después de ésta, fue que desperté una mañana, tipo 7 am, y vi que tenía toda mi carpa caída sobre mi cuerpo. Pensé: “habrá sido el viento, tiene que haber soplado fuerte en la noche, qué raro que ni me desperté”. Pues ni tan raro. Primero pensé en no moverme, total, habrían quedado las estacas por ahí cerca. No podían haber ido muy lejos. Sin embargo, algo me hizo dudar. Obvio. Que mis noches futuras dependían de esas estacas. En plena Patagonia, con el viento y las lluvias, sin estacas no sobreviviría. Así que tiré la pereza y el frío a un lado y salí. Las estacas brillaban por su ausencia. Desaparecidas en combate. Habían desaparecido 7 estacas. Nada más y nada menos. Hay que joderse. Habían dejado sólo las delanteras, para no aplastarme la cara con la caída de la carpa y que así no me despertara, digo yo. Efectivamente, para este entonces ya daba por hecho que no había sido el viento sino alguna personilla bien capulla. Entre campistas y viajerxs, ¡¿a quién se le ocurre robar estacas?! ¡¡Es terrible feo!! Y encima todas a la misma persona. ¡Con la cantidad de carpas y estacas que había! Al menos repartir y quitarle una a cada carpa, ¿no?

micasa

Pues no. Todas a mí. Me entró la risa. Fui al baño. Me topé con una chica y le conté. Poco a poco se fueron enterando todxs lxs del camping y me fueron llegando estacas. Recuperé todas. De diferentes tamaños, peso y materiales. Pero igual de eficaces. Y os estaréis preguntando y qué tiene todo esto de buena suerte, pues que no acaba aquí. Sólo acaba de comenzar. Esa misma mañana partía hacia un largo camino a un paraíso recóndito y perdido de la Patagonia: Candelario Mansilla. Nunca olvidaré este nombre.

El caso es que tras más de 40 km a dedo y bordear el Lago del Desierto hasta la Gendarmería argentina bajo una constante y fría lluvia cargada con todo mi equipaje a las espaldas, armé mi carpa con mis nuevas y relucientes estacas. Bacán. Se sostenía. Yo estaba empapada y tiritona, pero al menos la carpa aguantaría estoicamente hasta el viento más huracanado. Después de ponerme ropa seca, si la había, partí junto con mi compa Lolo a un pequeño techo a preparar algo calentito para desentumecer los músculos. La imagen es la siguiente: Yo, pies descalzos con chalas, atravesando un pasto mojado y rodeada de montañas nevadas y algún glaciar. Iba corriendo hacia la zona techada y me saludan: “Hola, ¿cómo estás? Parece que se te ha caído algo”. Y señala justo a mi derecha, cerca de mis pies. Es una bolsita de color marrón claro. No. No puede ser. Le digo que no, que no es mía. Pero sé lo que es. La recojo. Para este momento ya ni sentía frío. Y seguía lloviznando. La tomo en mis manos y la abro. Exacto. Una bolsa llena de estacas. Alguien debió de perderla. ¿Es o no es mucha casualidad? Además eran buenísimas. De esas ligeras, pero resistentes. La ligereza en este viaje ha sido todo un aprendizaje. Y muy importante. Le pregunté si las necesitaba, si eran suyas o de alguien que conociera. “No”, responde. Le iba a explicar lo que me había pasado esa mañana y cómo esto era la gota que colmaba el vaso. Pero me callé. Sonreí. Basta decir que allí, en este lugar que ni era camping, éramos apenas 8 ó 10 personas. Y no eran de nadie. Así que me las quedé. Feliz.

Como esta pasaron más, quizá no tan sorprendentes, pero igualmente memorables. Pero más allá de eso, lo que en realidad quería decir, es que no fui la única. Ni mucho menos. Bastó conversar con algunas de las personas en el camino que también iban mochileando para darme cuenta que a todxs les habían pasado cosas similares. Que cuando más necesitabas algo de pronto aparecía. Que si lo perdías, aparecía en otro lugar, mejorado, más brillante y multiplicado. Y me dio por pensar que es algo así como una magia especial de este camino, que más parecía una peregrinación, pues personas que conocí en un inicio, volvieron a aparecer miles de kilómetros después, aquí, en Santiago (por ejemplo). Quiero creer que no sólo ocurre en este trayecto tan especial que incluye la Patagonia chilena y argentina, así como la Carretera Austral, y que es cosa del mismo VIAJE en sí. Habrá que seguir caminando para comprobarlo, ¿no?

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