¿Sueño o realidad?

A algunxs ya les conté. Se trata de mi mayor hazaña hasta el momento. Fue mi titulación en trecking y no la voy a olvidar jamás. Por ser la primera andanza partí con mucho miedo y muchas ganas. El destino: la Cruz de los Mares en Cabo Froward.

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Llegué hasta La Bahía El Águila un día cualquiera de enero de 2016. A mis espaldas todo lo necesario. ¡O eso creía! Carpa, cocinilla, comida, ropa de abrigo, también impermeable, linterna y la progresión de las mareas. Armé campamento y pasé la noche cagada de miedo pensando que había un puma rondando mi carpa. Los sonidos de la naturaleza, cuando una está acostumbrada al ruido de ciudad, puede desconcertar. Desperté sabiendo que sola no continuaría. No merecía la pena pasarlo mal. Regresaría por donde vine tratando de no cargarme con la frustración de no haber tenido el valor para seguir.

En el camino de vuelta, a 40 minutos, apareció Óscar. También iba solo. Sin demasiada experiencia, pero sí más que yo. Conversamos unos minutos. Me invitó a seguir con él y acepté. Recorrimos durante tres días la costa del Estrecho de Magallanes. Vadeamos ríos. Atravesamos bosques. Turba. Y, al final, avistamos la Cruz de los Mares. Sólo nos separaba una empinada subida. Agotadxs nos detuvimos a mitad de camino. Óscar era el fotógrafo, yo había abandonado mi cámara junto a mi mochila en nuestro campamento (donde debíamos regresar antes del anochecer). Mientras él fotografiaba la Cruz di media vuelta. Miré hacia la bahía del Estrecho y las vi. Joder. Qué pasada. Era una ballena “saludándonos”. No sé si grité. O simplemente golpeé a Óscar para que se girase. Alucinó. Lo vi en su mirada. Al igual que yo. Este era el premio a tanto esfuerzo. Impresionante. Quedamos detenidos. Un ‘instante eterno’ de esos que no se olvidan ni con Alzheimer. Infinita gratitud. Después aparecieron más. Qué danzar tan bello. Elegancia única de sus movimientos.

Las vimos alejarse en dirección a nuestro campamento. Cruzamos los dedos para que al regresar, ya más cerca de la orilla, pudiéramos encontrarnos de nuevo con ellas. Llegamos a la Cruz. Trepamos sus 23 metros de metal. Disfrutamos de una panorámica de ensueño donde observábamos Isla Dawson, la Cordillera Darwin, las bahías hacia este y oeste…Nubes, viento, algunos rayos de sol escapándose y penetrando hasta tocar el mar. La luz en contacto con el agua formaba grandes lunares de plata de un brillo estelar. Sin palabras. Descendimos felices. Satisfechos. Realizados. Era perfecto. La suerte no paró de sonreírnos porque al descender y caminar por la orilla nuestras compas reaparecieron. Esta vez mucho más cerca. Estaba oscureciendo. Nos quedaban horas de caminata. Pero ¡y qué más da! Estaban ahí. Jugando, danzando. Óscar siguió sacando algunas fotos. Después se detuvo a contemplar.

Este es mi recuerdo, una transcripción mental de lo vivido. ¿Ficción? Yo creo que no. Fue así. Bueno, fue mucho más increíble de lo que puedo transmitir con palabras. ¿Fotos? Pues no. No tengo ninguna. No sé exactamente qué pasó con ellas, pero meses más tarde de este episodio, cuando consigo comunicarme con Óscar, me dice que me olvide de las fotos. Un altercado personal alteró la existencia espacio-temporal del único archivo fotográfico de nuestra odisea. Así será. Ahora pueden o no creer esta historia. Depende de ustedes.

Nota: Diseño y fotografía de Ma Lino.

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