El mal de los pies fríos

IMG_3985Fue una noche de agosto cuando por vez primera sentí que mis pies se helaban. Pensé que sería pasajero. Pasé la peor noche que recordaba. No hallaba qué hacer. Los frotaba uno contra el otro como dos piedras tratando de crear esa chispa que haga que todo prenda. Los turné apretados en la corva. Primero uno, luego el otro. Cuando vi que nada de eso funcionaba opté por abrigarlos con un par de medias. También los envolví en una toalla. Nada. El frío se había instalado y no quería abandonarme. Apenas pude descansar intentando que los pies revivieran. Incluso temí perderlos. Amaneció y con los primeros pasos fueron entrando en calor.

Se lo conté a mis amigxs y acertaron al reconocer que realmente había sido una de las noches más destempladas del año. Sin embargo, a nadie le había perturbado tanto como a mí. Según se acercaba de nuevo la noche procuré mantener el calor en todo el cuerpo, pero especialmente ahí donde anoche había estado al límite de la hipotermia. ¿Estaré exagerando? No importa. Esta vez me acosté preparada: doble media, la toalla y una manta extra. No podía fallar. Apenas unos minutos después ya empezaban a dar señales de reducción considerable de temperatura. Mierda. Pensé que quizá era mental. Y comencé a pensar en cosas calientes: una fogata, el desierto, unas termas, chocolate caliente… Casi fue peor. Empecé a sudar de cabeza a tobillos. Pero los deditos de los pies, el empeine y la planta ya ni palpitaban. Increíble. Al día siguiente ni lo mencioné.

Supuse que la tercera noche sería igual y que existía la posibilidad de que no volviera a dormir en paz jamás. Me adaptaría hasta que un día mis pies y el resto del cuerpo se pusieran de acuerdo. Efectivamente el malestar se alargó por varias e incontables noches y después simplemente perdí la cuenta. En algún momento debió de pasar. Pues recuerdo noches cálidas y acogedoras. Pasaron años de somnolencia profunda y feliz hasta aquél día de febrero. Reconocí el cosquilleo que antecede a la desaparición absoluta de sensibilidad. No lo pude evitar. En esta ocasión estaba peor equipada. Me agarró en mi carpa, sin manta, con un solo par de medias y haciendo noche junto a un glaciar. Estaba muerta. Ya casi había olvidado lo que era no poder dormir por culpa de esos dos helados. Y eso que era verano. Vino, se instaló y se quedó por largo rato. Aprendimos a convivir sin que eso disminuyera mis ganas de seguir durmiendo entre glaciares. ¡Bienvenido mal de los pies fríos, bienvenido verano patagónico!

¡Quién sabe cuándo se vaya! Por mientras le invité a tomar unos mates. A lo mejor si mejoramos la comunicación encuentro la explicación a este frío de mierda que de nuevo me visita en las noches.

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